He aquí un acto estúpido que debería tener consecuencias, al menos, en forma de reprobación social. Un individuo ha fingido su suicidio en redes sociales para promocionar su libro y, de paso, acompañar con una performance la hipótesis que contiene. El individuo se llama Daniel Hernán y el mismo día que presentaba Desqueerizar el anarquismo su hermana -o él mismo con un perfil falso, quién sabe- comunicaba que se había quitado la vida como resultado de la presión y el acoso al que se había visto sometido por parte del “lobby trans”.PublicidadVoy a dejar a un lado lo que hay detrás de planteamientos y posicionamientos tránsfobos. No reproduzco ni amplifico discursos de odio ni doy carta de naturaleza a falsas polémicas.Respecto de la existencia de un “lobby trans”, solo diré que rehúso comentar ingenios conspiranoicos nacidos hace más de un lustro en las páginas del The Daily Telegraph e importados interesadamente a nuestro país por un grupo de individuos que han encontrado en la transfobia un lugar desde el que conseguir notoriedad y dinero. No dudo de que hay en ese cardumen de gentes quienes creen, de verdad, en todo este delirio. Están las que piensan que defender a las mujeres y el feminismo es incompatible con que existan -porque se pongan como se pongan existen- personas con una identidad de género que no entra en sus esquemas. Están por supuesto los que tirando de un materialismo sin actualizar, se llevan las manos a la cabeza por el hecho mismo de que se consideren socialmente relevantes las identidades de género. Y están la Iglesia católica y la ultraderecha, que llevan bramando contra el género desde los años noventa catalogándolo de ideología disolvente, contraria a los dictados de dios y de la naturaleza. Para todos ellos y ellas el sexo es una realidad inconmovible y, en sus esquemas, es de esa realidad -y solo de ella- de la que cabe extraer consecuencias sociales. Como si la biología, por lo demás, no tuviera su propia trastienda política o, más aún, como si el sexo y la sexualidad estuvieran alojados en nuestra biología. Pero no sigo, que me llamarán posmoderna. Un momento, me da igual. Sigo.En ese continuum de negacionistas los hay de toda condición, desde feministas hasta reaccionarios, pasando por rojipardos o anarquistas como Daniel Hernán, empeñados y empeñadas en demostrar que tienen razón, y que quienes pensamos que el género es un fenómeno social insoslayable y que las identidades que crea o que se construyen a su albur forman parte de nuestro tiempo político, somos unas posmodernas o estamos abducidas. Posmodernas somos, por cierto, ¿qué otra cosa podríamos ser en esta modernidad tardía? Y no estamos abducidas, estamos haciéndonos cargo de la complejidad.El mundo está lleno de incomprensión y, de un tiempo a esta parte, de su decantación en forma de odio. Con la incomprensión convivimos, basta con ignorarnos unas a otras, con el odio es imposible hacerlo.El odio neutraliza la razón y reconduce hacia el lugar equivocado las emociones en política, precisamente porque es una emoción finalista. El odio es adictivo, es decir, genera la sensación de proporcionarte todo lo que necesitas y, por lo mismo, te priva de sentir cualquier otra emoción. De tal manera que solo quieres odiar y odias para seguir odiando sin pararte a pensar el propósito de esta inercia y el alcance social de las tendencias en las que se integra. Quién rentabiliza el 'hate'; quién obtiene beneficios de la atención que genera.PublicidadEl individuo que ha acompañado la presentación de su libro de un anuncio de falso suicicio no buscaba demostrar nada, pues a la postre se sabría la verdad, sino que pretendía engrasar esa inercia odiadora. Sin más. Y lo ha hecho desde la más absoluta irresponsabilidad, solo igualable a la de los habituales jaleadores de los discursos de odio en redes, que enseguida corrieron a difundir la noticia de que el tal Hernán se había suicidado por culpa del "lobby trans".Pero al margen del intento de manipulación, lo cierto es que -como repiten hasta la saciedad las expertas- nadie se suicida por una única razón. Vaya eso por un lado y, por otro, el suicidio es una conducta con un fuerte componente imitativo. En Público tenemos una guía para informar de la manera correcta sobre esta cuestión porque sabemos que no se puede hablar del suicidio (mucho menos fingirlo e intentar hacer pasar esa noticia falsa por información) cuando existen corrientes suicidógenas que, además, afectan de un modo particular a nuestros jóvenes. Ha dicho Hernán que lo suyo era una performance, pero una performance en política no manipula emociones, encarna argumentos, y lo único que ha demostrado Daniel Hernán es que no tiene nada que argumentar.
Fingir un suicidio para no tener que argumentar
Debemos preguntarnos quién rentabiliza el 'hate'; quién obtiene beneficios de la atención que genera








