En Vilanova i Geltrú hay un hombre suicidándose a cámara lenta. Se sienta frente al ordenador y mendiga durante horas, a veces hasta quedarse dormido en directo. Todos los días arranca un poco de la dignidad que le queda a cambio de un poco de dinero.
Hay un grupo de gente (y no pocos menores de edad entre ellos) pagando para ver este suicidio. Le animan, le insultan, le ofrecen dinero por humillarse. En las últimas semanas, se ha volcado un cubo de vómito sobre la cabeza. Ha bebido su propia orina. Se ha untado el cuerpo con una lasaña fría, y ha mordido esa misma lasaña cuando ya tenía moho. Todo a cambio de pequeñas cantidades que, en ocasiones, llegan a ser de tres cifras. Este dinero lo emplea en comprar crack, cocaína, ketamina, heroína, bebidas energéticas, y a veces un poco de hachís.
Su novia —con quien popularizó las inversiones a tipo fijo— está en proceso de dejarlo con él, y no está mucho mejor. El público de ambos la insulta constantemente. A él a veces le alaban, pero sólo para que siga divirtiéndoles. Cuando muera (que será pronto), habrá unos responsables directos (los que pagan) pero también una empresa que es la colaboradora necesaria. Se llama Kick, y es una plataforma australiana en la que se promocionan sin pudor los juegos de azar (incumpliendo la legislación vigente en España) al mismo tiempo que se permiten registros de menores de edad.






