EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.En los territorios áridos de Venezuela crece el agave cocui, la planta de la que se extrae un destilado artesanal venezolano llamado cocuy. Y aunque parece que vive solo de la tierra donde nace, en realidad no podría hacerlo sin una red que lo conecta con otros lugares más lejanos. Una noche, la planta florece y ofrece su néctar a los murciélagos que llegan desde Curazao, recorriendo largas distancias sobre el mar. Esos murciélagos, en su viaje, transportan polen de un territorio a otro, y con esa polinización hacen posible la reproducción de un agave que no existiría sin la conexión que empieza en una tierra y termina en otra. Esa imagen sirve como una lección para nuestra región. Porque ningún territorio, por más fuerte que parezca, prospera del todo sin relaciones con sus vecinos. Y es que, precisamente esas relaciones naturales surgen cosas maravillosas, como el cocuy, y tienen el potencial de generar más progreso para nuestras sociedades. El cocuy no existiría sin los murciélagos que cruzan el mar, y nuestra región no desplegará todo su potencial si no afianza los vínculos naturales entre buenos vecinos. El mundo actual, cada vez más marcado por turbulencias financieras, tensiones geopolíticas y fragmentación del comercio, ningún país de nuestra región tiene, por sí solo, la escala suficiente para incidir en las grandes cadenas globales de valor, en la transición energética o en la seguridad alimentaria del planeta. Los siguientes datos pueden darnos una pincelada de la situación que enfrentamos. El comercio entre los países de América Latina y el Caribe representa solo el 13,2% de sus exportaciones totales, mientras que en Europa y Asia-Pacífico más del 50% del comercio es intrarregional. Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de la región: absorbe el 46,7% de las exportaciones y es el origen del 30% de sus importaciones. Le siguen China y la Unión Europea. Entre el 30% y el 40% de las exportaciones de los países sudamericanos exportadores de recursos naturales (Chile, Perú, Brasil) se destinan a China. En cuanto al liderazgo subregional, Centroamérica tiene la mayor proporción de su comercio dirigido al interior de su grupo, alcanzando un 29% de sus exportaciones totales. Le siguen el Mercosur (11%) y la Comunidad Andina (9%). Por último, hoy la mayoría del comercio intrarregional se hace bajo esquemas preferenciales. El acuerdo entre Mercosur y la Unión Europea —que reúne a 770 millones de personas y una cuarta parte del PIB mundial— es una muestra del tamaño de la oportunidad. Estas cifras revelan que nuestra región sigue apostando por acuerdos bilaterales, casi siempre con países extraregionales, volcada hacia afuera y con escasa vertebración interna. Para cambiar esta situación, debemos enfrentar grandes desafíos estructurales. En ese esfuerzo, desde CAF reunimos en Cartagena a más de 100 representantes de los sectores público y privado, organismos multilaterales, la academia y el ámbito cultural, para articular una nueva agenda que impulse la integración de nuestra región. En ese contexto, anunciamos una inversión de 10.000 millones de dólares para dinamizar la integración regional, con proyectos de infraestructura, conectividad digital, energía, turismo, logística y movilidad, que ayudarán a cerrar brechas socioeconómicas, potenciar el comercio regional y responder a los desafíos del nuevo escenario geopolítico global. En primer lugar, necesitamos reducir costos de transporte y modernizar aduanas. En lo logístico, seguimos dependiendo en exceso del transporte por carretera. El ferrocarril y las vías fluviales son una deuda pendiente, y las demoras fronterizas nos restan competitividad. En cuanto a la movilidad humana, la mayoría de los migrantes de la región se mueven dentro de la propia región, por lo que necesitamos infraestructura que conecte ciudades, zonas rurales y territorios fronterizos, junto con marcos regulatorios que faciliten una movilidad segura y productiva. En materia energética, tenemos una de las matrices más limpias del mundo, pero nos falta infraestructura y reglas claras. El gas natural, especialmente en el Caribe y el Cono Sur, puede ser un puente estratégico. En conectividad digital, la digitalización aduanera y la interoperabilidad de plataformas pueden acelerar el comercio intrarregional y posicionarnos mejor frente al nearshoring. Finalmente, en el mercado financiero, los mercados de capital poco desarrollados y las divergencias regulatorias encarecen las operaciones transfronterizas, por lo que necesitamos sistemas de pago interoperables. A pesar de este diagnóstico, América Latina y el Caribe es una región con potencial para incidir más decisivamente tanto en el comercio global como el los grandes retos del desarrollo global. Tenemos alimentos, energía limpia, agua, biodiversidad, minerales críticos para la transición tecnológica, talento joven y una posición geográfica privilegiada. Para desatar este potencial necesitamos una integración más efectiva. En los próximos años, la integración debe tomar forma con corredores bioceánicos, fibras ópticas y cables submarinos, subestaciones eléctricas que cruzan fronteras, hidrovías o puertos transfronterizos. Hace 60 años, el entonces presidente de Colombia y uno de los fundadores de CAF, Carlos Lleras Restrepo, pronunció una frase que sigue más vigente que nunca: “La integración es el camino, el destino, el tamaño y el espíritu”. Siguiendo su espíritu, es hora de cruzar fronteras, como aquellos murciélagos que llegan al cocuy, y adentrarnos en las profundidades del camino de la integración de América Latina y el Caribe.