El valor de un árbol

Mientras todos sus colegas botánicos miraban el tronco del árbol, Lowman miraba hacia arriba, quería ver sus hojas, quién las habitaba, quién las mordisqueaba. Se fabricó un equipo de escalada y se encaramó a lo alto de los árboles para llevar a cabo sus estudios. Empezó entonces su vida como arbonauta y su defensa de ese mundo que conforman las copas entrelazadas de los árboles en bosques y selvas: ese octavo continente que nunca antes había sido estudiado. Diseñó caminos colgantes de cientos de metros de longitud, en Estados Unidos, Etiopía, Escocia o Malasia, que se convirtieron en templos científicos y multiplicaron la economía de sus habitantes, que cambiaron la tala por el turismo. A Lowman le gusta subir a los niños porque esa maravilla no se olvida. Su biografía, La arbonauta (Galaxia Gutenberg), está llena de vida.

¿Cómo se le ocurrió encaramarse a la copa de los árboles?

Todos los que estudiaban los bosques eran hombres y solo veían las copas cuando los árboles se talaban. Miraban a la altura de sus ojos.

Usted miró hacia arriba.