Aunque el interior de la jungla parece caótico e impenetrable, James Manglona conoce muchos de sus árboles como si fuera un jardín familiar. “Esa caoba la plantó mi abuelo”, asegura señalando un gigante de más de 50 metros que se abre camino hacia el cielo. El silvicultor jefe de la pequeña isla de Rota, en las islas Marianas del Norte, es una especie de jardinero del paraíso perdido, un papel en el que se reconoce. “Al menos intento serlo”, asegura. “Es a la vez gratificante y un desafío”.

El objetivo de Manglona en este rincón del Pacífico occidental es conseguir que la isla produzca alimentos para no depender del exterior así como conservar las especies autóctonas antes de que se pierdan para siempre. Buena parte de sus esfuerzos como responsable de la conservación forestal se han centrado en salvar una especie única, el Serianthes nelsonii, conocido por sus brillantes flores rojizas. “Los antiguos chamorros lo llamaban el tronkon guafi, el árbol de fuego, y lo usaban para fabricar grandes canoas”, relata. “Este árbol no está en ningún otro lugar del mundo”.

Este gigante capaz de alcanzar los 45 metros de altura se encuentra al borde de la desaparición; el último ejemplar en la isla de Guam fue declarado muerto en 2024 tras el paso del tifón Mawar y en Rota solo quedan alrededor de una treintena. “Debido a las muchas tormentas a lo largo de las décadas, nos quedan aproximadamente unos 30 árboles no replantados de los 121 que identificamos en los años 90”, explica Manglona. “Su ubicación es totalmente secreta”. Algunos son muy viejos, tienen unos doscientos años, aunque las autoridades aún no saben cuántos han sobrevivido al paso de los dos supertifones que acaban de asolar la isla como un adelanto del Superniño. “No son árboles de madera dura y se rompen con bastante rapidez”, advierte el silvicultor. “Aunque vuelven a brotar, las posibilidades de que los árboles madre queden destruidos son bastante altas”.