La guerra civil española cumple en escasos días 90 años de su inicio y, pese a ser casi centenaria, continúa provocando encontronazos encendidos, como el protagonizado por David Uclés y Arturo Pérez-Reverte a cuenta de unas jornadas tituladas La guerra que todos perdimos . Una guerra que no cesa de generar bibliografía, muchas veces divulgativa, otras incisiva en cuestiones y detalles no suficientemente explicados –como el petróleo estadounidense de los sublevados o el papel clave de los servicios de información en el final de la guerra– o contemplados desde la sensibilidad actual, como el duro paso del tiempo en las líneas del frente con cultura, alcohol y prostitución. Sin duda, el volumen más llamativo aparecido en los últimos meses es La guerra civil española. Una historia global (Galaxia Gutenberg), que reúne los trabajos de una cincuentena de expertos en su mayoría menores de 50 años que exponen el estado de la investigación en ámbitos que van de la lógica de la violencia golpista a las violencias republicanas, la guerra en el aire, la sanidad, las masculinidades o el exilio. Y busca romper mitos.Javier Rodrigo, catedrático de Historia Contemporánea en la Autònoma de Barcelona y coordinador del volumen junto a David Alegre y Miguel Alonso, explica que han intentado complejizar los relatos y ahí han aparecido los hallazgos, las últimas noticias de la Guerra Civil. “Por ejemplo, que a pesar de lo que podamos pensar la violencia contra la población civil se ejecuta mayoritariamente en el primer semestre de guerra. En el primer año hay muchas más víctimas no combatientes. Me quejo del sintagma represión franquista porque la represión es un proceso reactivo y la de los sublevados es una violencia preventiva. Y no es franquista, porque Franco tiene agencia desde el 1 de octubre, cuando ya han tenido lugar la mayoría de asesinatos de civiles. Y ahora con los trabajos de David Alegre o Julius Ruiz podemos identificar a los perpetradores intermedios de la violencia, las cadenas de transmisión, las formas en las que se ejecutan y adaptan las órdenes eliminacionistas tanto revolucionarias como golpistas”.Que un 80% de los muertos arrojados a fosas se produzcan entre julio y septiembre de 1936 se debe, dice, a la política de control securitario tras las líneas del frente: no dejar rojos o fascistas en la retaguardia. “A partir de 1937, con la perspectiva de una guerra larga de ocupación, a los prisioneros se les deja de fusilar y se les pone a trabajar”, apunta. Además, elucubra, seguramente han aprendido de los errores de la Sanjurjada de 1932 y Mola tiene claro que la acción ha de ser muy violenta, incluso con compañeros como Campins, para evitar la reacción al golpe. El fascismo español es el primero en lanzarse a una política eliminacionista a gran escala. “Y buena parte de los agentes italianos desplegados por Mussolini en España acabarán siendo los grandes arquitectos del terror en Italia en la Guerra Mundial”, expone.“El 80% de los muertos arrojados a fosas se produjeron en los primeros meses de la guerra”Pero frente a la teoría de Paul Preston de que Franco alargó artificialmente la guerra para matar más, cree que “se sostiene mal, el ejército republicano también se defiende y en más de un momento le pasa la mano por la cara a los golpistas”. Y de nuevo, subraya, es en los primeros seis meses, cuando la guerra es más rápida, donde se acumula la violencia contra los civiles donde triunfa la sublevación. Al final, morirán 120.000 personas en la retaguardia golpista y 55.000 en la republicana. Y entre 250.000 y 300.000 en el frente. Medio millón de muertos.Rodrigo remarca que además recusan la cronología del conflicto. “Que Franco firme el último parte de guerra el 1 de abril de 1939 no finaliza las dinámicas de la guerra. La ley marcial está hasta 1948. Los campos de concentración hasta 1947 y las colonias penitenciarias militarizadas hasta 1948”. Uno de los expertos del volumen, Miguel Ángel del Arco, habla incluso de la hambruna inducida como herramienta de represión en Andalucía, Extremadura, La Mancha y zonas de Aragón.Un grupo de combatientes republicanos comparte una sartén de migas sentados en el banco de un parque madrileño en noviembre de 1936 EFEProstíbulos separados por clase y etniaDe las largas horas de inacción de los soldados escribe Jorge Marco, profesor en la Universidad de Bath, en La guerra civil española. Una historia global. Analiza los programas culturales de la República que alfabetizaron a miles de personas. En el bando franquista, se distribuía la revista La Ametralladora. Pero crear al hombre nuevo chocaba con el alcohol y la prostitución. “El franquismo solo pondrá el límite al alcohol en que haya problemas de disciplina. En la zona republicana el hombre nuevo implica una nueva moralidad, controlar los impulsos, hay anarquistas abstemios militantes. Pero, al final, harán manga ancha”. Además, recuerda el famoso “coraje etílico”, y cómo se reparte brandy para las cargas. La prostitución vive igual patrón: en la zona franquista la iglesia es pragmática, pero en la republicana no se debía caer en la explotación de la mujer. Amén de las enfermedades de transmisión sexual: el preservativo, recuerda, es un invento militar. Pero la República transigirá. Eso sí, si en la zona republicana, dice, se compartían los prostíbulos, en la golpista hay división de clase y etnia. Los oficiales tenían prostitutas diferentes al soldado raso. Los alemanes a los españoles. Y como las españolas se negaron al sexo con marroquíes, se trajo a mujeres de allí.Rodrigo apunta que los investigadores de la contienda tienen por delante hoy recorrer las genealogías de la violencia, como su engarce en las guerras y praxis coloniales, y su prolongación más allá de 1939. “Y también está el giro perpetrador, las dinámicas de perpetración, sobre todo en la parte republicana nos falta mucho conocimiento sobre los agentes de la violencia revolucionaria. Y también la experiencia de combate, con las drogas, el alcohol, la subjetivización del relato histórico”, aventura.En los últimos meses han aparecido volúmenes como El oro negro de Franco (Crítica), de Ángel Viñas y Guillem Martínez, que ahonda en el papel de la Standard Oil y la Texas Oil Company en los suministros de crudo a los golpistas, o España en armas. Una historia militar de la guerra civil española (Espasa), del británico E.R. Hooton, que analiza las grandes campañas militares y la organización y las políticas de los dos ejércitos y cómo en su opinión fue decisiva la “exitosa movilización de recursos” del bando franquista. Y Cómo terminó la guerra civil española (Crítica), del catedrático de Historia Contemporánea de la Complutense Gutmaro Gómez Bravo, que reconstruye el final de la contienda a través de una operación de inteligencia militar, y lo hace con documentación en buena parte nunca antes accesible a la investigación. “Frente al mito del caos, hubo una rendición ordenada, pactada, entre el Estado Mayor de los dos ejércitos”Frente al relato habitual de traiciones, colapso y caos, el historiador apunta que la caída final de la Segunda República fue el resultado de una estrategia cuidadosamente dirigida desde el cuartel general del Generalísimo, donde el Servicio de Información y Policía Militar controló la propaganda, la diplomacia y la descomposición del enemigo desde dentro. Hubo una amplia operación de inteligencia militar, muy próxima ya a las de la Segunda Guerra Mundial, para embolsar a los diez millones de personas y 400.000 combatientes, recuerda, que quedaban tras la batalla del Ebro en la zona republicana. Una operación que logró incluso que todas las comunicaciones de Negrín estuvieran intervenidas. “La ofensiva de Catalunya –cuenta– coincide en el tiempo con el giro en las relaciones germano-soviéticas. Los ingleses lo saben y quieren que todo acabe. Ofrecen el mismo día a Burgos y a Negrín una paz con condiciones, sin represalias. La diferencia es que todos los cables de Negrín están intervenidos: había ascendido en su servicio de información a la cúpula que estaba trabajando para Burgos”.Al control de las comunicaciones con las embajadas y de los cables de Negrín se le suma una operación de guerra psicológica para fomentar el hambre, la deserción y el perdón en la zona republicana. Octavillas y radio llueven sobre mil días de guerra. Pero, advierte, en cualquier caso “a nivel internacional todo el mundo está por reconocer a Franco, y eso es muy importante. En febrero de 1939 Stalin dice que la cuestión de España ya no importa”. Habrá varias posibilidades de tratado de paz, apunta, pero el franquismo quiere una rendición incondicional. Y frente al mito del caos, dice, “hay una rendición ordenada, pactada, entre el Estado Mayor de los dos ejércitos, con 19 anexos de documentos para hacerla, una operación que el bando franquista nunca ha querido contar que la hace con los republicanos”. Al final, ninguna de las promesas para lograr la rendición se cumplieron, de modo que el 1 de abril de 1939, señala, “la Guerra Civil llegaría a muchos lugares que no la habían vivido”.Entre los libros aparecidos están también La guerra que cambió España (Ediciones B), de Miguel Ángel Santamarina, con un recorrido del conflicto narrado con pulso mes a mes, y Julián Casanova, uno de los grandes historiadores de la Guerra Civil, publica ahora la versión en novela gráfica de su España partida en dos (Crítica). Justamente, Casanova era uno de los ponentes del congreso organizado por Pérez-Reverte. “Mi conferencia era por qué yo llamo paz incivil a todo lo que viene tras 1939. Ahí la guerra no la perdimos todos. La guerra civil española es un paradigma de división entre vencedores y vencidos que lo permea todo, la vida cotidiana, no hace falta ir a los grandes oligarcas ni a a la gente en las cunetas. Cualquiera de un pueblo sabía quién había estado con los republicanos, quién estaba en el exilio, y los vencidos sabían con qué personas debían agachar la cabeza”.“La idea de Preston de que Franco alargó la guerra artificialmente para matar más no se sostiene”Casanova cree que hoy hace falta “un esfuerzo mayor por simplificar la complejidad sacada a golpe de historiografía, de archivo. E incidir en que la Guerra Civil es una buena oportunidad para comprender el mundo europeo en el siglo XX e incluso a Trump: con él hemos vuelto a la intransigencia, al desprecio a la cultura y a que sea muy difícil contar la verdad porque los bulos dominan por encima de todo: hemos vuelto a la propaganda”.