En vista de la transparencia del agua, de la calma deslumbrante que se extiende en esta mañana de primavera desde la playa de Villananitos hasta la muralla de edificios de La Manga, al otro lado de la laguna, nadie diría que el Mar Menor explotó hace justo 10 años. Un reventón biológico conocido como sopa verde arrasó la vida del humedal murciano y la pequeña albufera sigue hoy alterada y en un equilibrio inestable, según los científicos que monitorizan cada día sus constantes vitales.El 27 de mayo de 2016, a media mañana, la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE) y WWF enviaron un comunicado de prensa con un vídeo que hizo saltar todas las alarmas: en el interior de una especie de vómito, un buceador se movía lentamente en primer plano como si fuera un astronauta explorando una atmósfera remota. “Aquello fue como una bomba, ni siquiera nosotros esperábamos que pudiera tener esa repercusión”, recuerda Pedro García Moreno, veterano ecologista y director de ANSE. Este episodio bautizado como la “sopa verde” convirtió en una noticia global la putrefacción de un humedal afectado desde hacía décadas por agresiones como los residuos mineros, los vertidos fecales y el urbanismo incontrolado, pero al que dieron la puntilla los nitratos de la potente industria agraria. Productos fitosanitarios, salmuera procedente de la desalinización de agua de pozos, ilegales en su mayoría, y sobre todo abonos nitrogenados fueron infiltrándose en el humedal desde los primeros años ochenta tanto en superficie, arrastrados por las lluvias, como a través del acuífero Cuaternario, una gran bolsa de agua subterránea que ha llegado a almacenar 300.000 toneladas de nitratos, según estimaciones del Gobierno regional.El Mar Menor digirió mientras pudo esta enorme carga contaminante hasta que poco antes del verano de 2016 estalló una crisis eutrófica que en años posteriores desencadenó episodios de anoxia [ausencia de oxígeno] que provocaron la muerte de millones de peces y crustáceos y la desaparición del 85% de las praderas marinas. El escenario natural vinculado a las vivencias más queridas de varias generaciones estaba muerto.Ni rastro del caballito de mar¿Qué ha sucedido bajo la lámina de agua de 170 km² durante estos 10 años? “Se ha acelerado el proceso que conocemos como mediterranización: debido a la progresiva bajada de la salinidad hemos pasado de tener un Mar Menor con características propias, con especies exclusivas adaptadas a un medio singular, a un Mediterráneo chiquitito”, resume Miguel Vivas, investigador del Instituto Español de Oceanografía (IEO). Las consecuencias de esta igualación entre las dos masas de agua están siendo en su opinión “dramáticas” para especies como la nacra, un molusco gigante en peligro crítico de extinción que llegó a tener un reservorio de millones de ejemplares en la laguna. Ahora sólo quedan unos pocos miles. Igualmente ha sido barrido el caballito de mar, que también se contaba por millones y ahora cuesta ver uno solo. “Y la tita [un gusano marino] sencillamente ha desaparecido cuando era abundantísima”, añade Vivas.Aprovechando este caos, numerosas especies invasoras se han hecho fuertes en el Mar Menor, como el enorme cangrejo azul, de origen atlántico, que depreda los langostinos, destroza las redes de los pescadores y ha desplazado al autóctono cangrejo verde. A esta tropa foránea se han unido otros inquilinos raros como el balano y la ostra perla. Y más seres extraños procedentes de océanos lejanos, que amenazan con quedarse definitivamente, como la hipnótica medusa manchada australiana.Entre las especies comerciales, doradas y lubinas mantienen su abundancia, con altibajos estacionales, y la anguila y el langostino están “muy mal”, señala este experto en seguimiento de fauna marina. “Con el agravante de que comienza a pescarse el langostino café, exótico, más grande que el langostino local y de menos valor en lonja. Es difícil diferenciarlo y en ocasiones se vende mezclado con el del Mar Menor”, aclara.Fuera del agua, la sopa verde también ha sacudido el tejido económico de la comarca. Tres estudios en los que ha participado la profesora de la Universidad de Alicante Genoveva Aparicio Serrano, publicados recientemente en las revistas Ecological Economics y Journal of Environmental Management, cifran en 5.190 euros las pérdidas por hogar para la población residente en los municipios costeros a raíz del episodio de eutrofización de 2016. “El shock ambiental provocó una disminución de la renta por hogar del 18,1% respecto de los territorios de la Región de Murcia que no forman parte del litoral del Mar Menor”, asegura esta investigadora.Con metodologías de econometría espacial y utilizando la clorofila como parámetro de medición, el equipo dirigido por Genoveva Aparicio constató que la probabilidad de quiebra empresarial aumenta un 5,5% cuando la contaminación del agua sube un microgramo por metro cúbico. Los sectores más perjudicados son la industria y construcción (14,4%), la actividad financiera e inmobiliaria (11%), el comercio mayorista y minorista (9,5%) y el alojamiento (8,4%). Por el contrario, la agricultura y el transporte no se ven afectados por la contaminación de las aguas, “y por tanto tienen escasos incentivos para preservar el entorno marino”, se lamenta Aparicio.Otro dato inquietante: un estudio del investigador del Banco de España Gabriel Pérez Quirós cifró en 4.800 millones la depreciación de las viviendas del Mar Menor en los años posteriores al reventón de la sopa verde.Un plan de 675 millonesEsta década eutrófica también ha traído noticias esperanzadoras, con soluciones para recuperar el Mar Menor que comienzan a kilómetros de distancia de sus orillas, las más importantes incluidas en el llamado Marco de Actuaciones Prioritarias, una iniciativa del Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco) que ha movilizado en cuatro años más de 400 millones de un presupuesto total de 675 para proyectos de restauración del territorio.“Las grandes mortandades de peces fueron el detonante para que el Ministerio tomase la iniciativa”, evoca la bióloga Francisca Baraza, 72 años, veterana funcionaria que acaba de jubilarse al segundo intento como comisionada del Ciclo del Agua y Restauración de Ecosistemas del Miteco. Cuando ya se había retirado de su último cargo público, en la Mancomunidad de Canales del Taibilla, la entonces vicepresidenta tercera y ministra Teresa Ribera la reenganchó para ponerla al frente de un reto complejo: poner en orden los humedales del Mar Menor, Doñana, la Albufera y las Tablas de Daimiel, los cuatro afectados por el deficiente y en muchos casos fraudulento manejo del agua para riego. En el caso de la laguna murciana, el Marco de Actuaciones Prioritarias ha supuesto la creación de un cinturón verde en torno al espacio natural, la descontaminación de la Sierra Minera, reforestaciones, corrección de cauces, creación de llanuras de inundación… Con 10 líneas de actuación ya iniciadas, Baraza mira hacia atrás y le parece increíble “todo lo que se ha conseguido en tan poco tiempo, teniendo en cuenta que comenzamos con un papel en blanco”.En paralelo, la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS) ha desmantelado 9.100 hectáreas ilegales de regadío, de un total de más de 50.000 en producción en el entorno, 3.500 de las cuales ya han sido obligadas a volver a su estado original de fincas de secano.La recuperación del humedal ha tomado inercia gracias a una mejor coordinación con la Comunidad Autónoma y los ayuntamientos, después de unos primeros años de gran tensión. Para Francisca Baraza, el “buen talante” del consejero regional de Medio Ambiente, Juan María Vázquez Rojas, ha sido crucial para avanzar en actuaciones que requieren de entendimiento. “El Mar Menor está más monitorizado, más estudiado y más protegido que nunca”, explica Vázquez Rojas a EL PAÍS. “Hemos desplegado una red de seguimiento científico y técnico permanente, con control continuo de parámetros físicos, químicos y biológicos y sistemas predictivos. La ciencia ha dejado de ser algo puntual para convertirse en el eje de la gestión diaria”.El responsable murciano de Medio Ambiente destaca también la renaturalización de espacios litorales como el gran criptohumedal del Carmolí, la construcción de 14 tanques de tormenta para retener escorrentías en episodios de lluvias torrenciales e intervenciones forestales sobre la cabecera de la cuenca en las sierras de Carrascoy, Altaona y Escalona. Juan María Vázquez cita también con ilusión el futuro Observatorio del Mar Menor, un centro de investigación y conservación de especies singulares que se construirá en las instalaciones del antiguo aeropuerto civil de San Javier.El elefante en la habitación sigue siendo el acuífero Cuaternario, con una carga de nitratos aún elevadísima que penetra imparable en el Mar Menor. “Este verano va a ser muy duro”, anticipa el catedrático de Ecología de la Universidad de Murcia Ángel Pérez Ruzafa. “La entrada de nitratos se ha multiplicado por cuatro con respecto al año pasado, con el fósforo en aumento por la intrusión desde pozos ciegos, y la salinidad también ha bajado. Llevaba tres años recuperándose y ha pegado un gran bajón”. Pérez Ruzafa, presidente del Comité Científico que asesora al Gobierno regional, expone que las lluvias abundantes del invierno han recargado la bolsa de agua subterránea, de manera que los nitratos han empezado a penetrar en mayor abundancia. En estos momentos, alrededor de dos toneladas diarias sólo a través de la rambla del Albujón, un cauce que vierte al humedal 200 litros de agua dulce por segundo.Por este motivo, la producción biológica se ha disparado en forma de macroalgas, más conocidas como ovas, que operarios de la Comunidad Autónoma no dan abasto a retirar de las orillas para evitar que se pudran y se dispare el consumo de oxígeno. En los tres primeros meses del año se han evacuado ya 4.600 toneladas de biomasa, más del 45% de toda la que se recogió en 2025.Con estas condiciones, “las posibilidades de que este verano se produzca una nueva anoxia se han multiplicado por tres. Un día que aumente la temperatura y no sople el viento, o no oxigene, o que la columna de agua esté estratificada, o que suba el fósforo…”, avisa Ángel Pérez Ruzafa, partidario de extraer el agua contaminada del acuífero para desnitrificarla y ponerla a disposición de los agricultores, una vez saneada.Como cada final de primavera desde 2016, en el Mar Menor se aguanta la respiración a la espera de comprobar qué deparará el verano, antes su temporada de esplendor, y ahora toda una amenaza.
El Mar Menor 10 años después de la sopa verde: la laguna única es cada vez más “un Mediterráneo chiquitito”
Varios estudios estiman que cada hogar de los municipios ribereños ha sufrido un daño patrimonial de 5.190 euros a raíz del episodio de contaminación de 2016











