El juicio de Elon Musk contra Sam Altman demuestra que las empresas de IA son empresas financieras cuyo objetivo no es el progreso, sino el control totalElon Musk (izquierda) y Sam Altman, en una foto de 2015. Michael Kovac (Getty Images for Vanity Fair)En El Mago y el Profeta, Charles Mann argumenta que la historia del progreso es un pulso entre dos clases de personas: el mago, que cree que todos los problemas se pueden resolver con tecnología, y el profeta, que advierte que el planeta tiene límites y que ignorarlos nos destruirá. Mann observa que los dos son necesarios para la prosperidad de la especie: sin magos nunca habríamos crecido tan por encima de nuestras posibilidades, y sin profetas nos habríamos extinguido ya. Pero hay un tercer actor que no considera y que, sin embargo, hoy se ha elevado sobre los demás. El que sin ser mago ni profeta se hace pasar por ambos para construir un relato capaz de convencer a las masas, gobiernos y mercados de que le entregue los recursos y le permita acumular poder. Durante el juicio de Elon Musk contra Sam Altman hemos visto lo que esos buscavidas hacen con los magos. Cómo crearon OpenAI “por miedo a Demis Hassabis” y convencieron a Ilya Sutskever para trabajar en un proyecto que siempre fue lo opuesto a lo que decía ser.Cuando lo conocieron, Hassabis era un prodigio de ajedrez que diseñaba videojuegos desde la infancia. Ingeniero computacional por la Universidad de Cambridge y doctor en neurociencia cognitiva, había inventado ya el protocolo moderno de aprendizaje por refuerzo que usan todos los laboratorios y diseñado una máquina prodigiosa llamada AlphaGo. Su laboratorio DeepMind era ya el más prestigioso del mundo en desarrollo de inteligencia artificial. Cuando lo compró Google, tenía el talento, la potencia de computación, el dinero, la infraestructura y la credibilidad científica para hacer lo que quería hacer. Su único rival era Ilya Sutskever, el alumno de Geoffrey Hinton (el “padrino” de la inteligencia artificial) que ya había contribuido soluciones clave para el renacimiento de las redes neuronales, pero estaba ya trabajando en Google Brain. Musk y Altman querían ficharlos a ambos, pero no tenían el dinero. Convencieron a Sutskever de trabajar por mucho menos dinero para diseñar una IA libre, “en beneficio de toda la humanidad”. Como Hassabis los rechazó, lo acusaron de querer diseñar “una dictadura basada en la IA”.Decir que pertenecen a categorías distintas es un eufemismo. Musk se ha autonombrado “diseñador de sistemas y optimizador de ingeniería a nivel de producto completo” en Tesla. También tiene el título de ingeniero jefe de SpaceX. Dice que aprendió ingeniería aeronáutica “leyendo libros de texto y hablando con ingenieros”. Altman es un “network-builder” (un “constructor de redes”) y “estratega organizacional” que no acabó la universidad. Los dos aseguran ser los únicos capaces de construir la IA correcta, porque si lo hacen otros estamos condenados a la destrucción. Y se desprecian mutuamente: Musk acusa a Altman de ser solo un operador político y Altman dice que Musk quiere salvar al mundo, pero siempre y cuando sea él el que lo salve.Y sin embargo, cuando Sutskever echó a Altman de su propia empresa en noviembre de 2023, el capital protegió en bloque al buscavidas en lugar de salvar al arquitecto de ChatGPT. No lo entendí hasta que el filósofo chino Yuk Hui me dijo que las empresas de IA son empresas financieras antes que tecnológicas. La IA no es más que el último troyano del sistema económico que arrastra la geopolítica mundial. Archivado EnOpiniónInteligencia artificialOpenAIElon MuskSam AltmanInformáticaGeoffrey HintonChatGPTCapitalismoFondos inversiónGeopolítica
Dos buscavidas y un mago
El juicio de Elon Musk contra Sam Altman demuestra que las empresas de IA son empresas financieras cuyo objetivo no es el progreso, sino el control total









