En una larga nota, dos párrafos perdidos dan cuenta de que mi libro Disposición Final, la dictadura por dentro y la confesión de Videla sobre los desaparecidos, publicado originalmente en 2012, sigue molestando a los colegas que consideran que solo hay que entrevistar —“darle voz"— a los protagonistas de la historia que ellos consideran pertinentes."El libro generó polémica. El solo hecho de entrevistar al dictador, de darle voz, fue públicamente cuestionado”, afirmó el autor de la nota, Pablo Díaz Marenghi, publicada en la sección Cultura de Clarín.El colega destacó una de las tantas declaraciones del ex dictador, la menos importante seguramente para los abogados de las víctimas de la dictadura que adjuntaron el libro como prueba en prácticamente todos los juicios de Lesa Humanidad.¿Por qué ese libro fue considerado prueba de aquellas violaciones a los Derechos Humanos? Porque allí Videla admitió una práctica sistemática para asesinar y hacer desaparecer los cuerpos de los detenidos considerados por ellos como “irrecuperables”. Esa práctica, que el ex dictador describió en detalle, era tan sistemática que los militares hasta le habían encontrado un nombre, tomado de la jerga cuartelera: “Disposición Final”, que es precisamente el título del libro.Pero no quiero referirme al resultado de las entrevistas sino a las entrevistas en sí: ¿hay que entrevistar a todos los protagonistas de una historia en particular o solo a quienes los periodistas consideramos dignos de ser entrevistados? Según este colega, no; no hay que darle voz a Videla porque fue un dictador, un asesino.¿Y qué hacer, entonces, con los jefes de Montoneros, uno de los grupos guerrilleros más activos de los 70? Concretamente con Mario Firmenich, Roberto Perdía, Fernando Vaca Narvaja… ¿Había o hay que entrevistarlos o no? Porque también ellos secuestraron, hirieron, mataron. Cometieron asesinatos en atentados individuales y a través de bombasPersonalmente, creo que hay que entrevistar a todos los protagonistas de la violencia política de los 70, sean de derecha o de izquierda; revolucionarios o contrarrevolucionarios; hayan matado desde el aparato estatal o desde los grupos guerrilleros. Porque me interesa que mis lectores accedan a la voz de todos ellos para que se formen una opinión a través de mis preguntas y repreguntas, y de la confrontación de esos dichos con las voces de otros protagonistas y los documentos de la época.Por eso, en mis libros, entrevisté a Videla y a otros militares, pero también a cuanto guerrillero tuve acceso.Cancelar o censurar las voces de las personas que no nos gustan es un gran error, además de un acto autoritario.Pero, ¿por qué estos colegas consideran que tienen la legitimidad de decirnos quién debe hablar y quién no debe hablar?Entiendo que subordinan el periodismo a una ideología o posición política. Son periodistas militantes, una plaga que el kirchnerismo tanto fomentó pero que luego copiaron los políticos de derecha que le sucedieron, como nos muestra el gobierno actual y su vociferante líder.Y además está la seducción que las guerrillas despiertan en algunos colegas; ese romanticismo que siempre vuelve —ahora también— y los lleva a pensar que los derechos humanos solo importan cuando los victimarios son de derecha.