La primera gran movilización que debió enfrentar el gobierno de Milei no fue por el dólar, ni por la seguridad, ni por los salarios. Fue por el presupuesto universitario, y fue fuertemente masiva: se habló de más de 400 mil personas. La última marcha también fue masiva pero de menor envergadura. Estamos viendo que aumenta el malestar social pero no aumenta la protesta social. Cuando hoy le tomamos el pulso a la sociedad encontramos que un 40% está enojado y otros tantos deprimidos. El 40% enojado es una constante: marca a quienes nunca simpatizaron con el gobierno. Pero del 56% que votó a Milei con esperanza, esa esperanza en su mayoría se tornó en depresión en algunos y enojo en otros. La depresión como sustituto de la protesta no es una novedad para las ciencias sociales. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, argumenta que la autoagresividad que genera el sistema neoliberal no convierte al explotado en revolucionario sino en depresivo: cuando nos damos cuenta de que no podemos lograr lo que nos propusimos, no pensamos que la realidad es agresiva sobre la sociedad y el individuo, sino que nos autoculpamos. Bauman complementa esto con su idea de modernidad líquida: los vínculos sociales se debilitan, las instituciones pierden credibilidad y la acción colectiva se vuelve cada vez más difícil de sostener.
Deprimidos y enojados, y aún sin salida
¿Acaso la sociedad argentina perdió el sueño de la movilidad social ascendente? Lo tiene postergado. Viene de frustración en frustración: se le prometió pobreza cero, bajar la inflación rápidamente, llenar la heladera y volver a comer asado los domingos.












