El martes pasado la Plaza de Mayo se llenó. Columnas que llegaron desde el Gran Buenos Aires y desde el interior, de facultades que hace semanas vienen advirtiendo que la situación es límite. Fue la cuarta marcha federal universitaria desde que Milei asumió la presidencia. Fue masiva. Y al día siguiente, el feed ya había pasado a otra cosa. Eso me parece tan revelador como la marcha misma. La convocatoria se organizó en buena parte a través de redes. Videos de la Universidad Nacional de las Artes se viralizaron en horas. Docentes subieron sus recibos de sueldo a Instagram para poner número a lo que difícilmente cabe en una historia. Una proyección sobre un edificio en La Plata con la frase “Si la universidad fuera una cascada, Adorni le daría el presupuesto” se hizo tendencia antes de que empezara la marcha. El algoritmo ayudó a mover gente. Y después, con la misma indiferencia con que procesa cualquier otra cosa, pasó al siguiente tema. Ahí hay algo que vale la pena mirar despacio. La lógica que gobierna la economía de la atención es inmediatista por diseño. Recompensa lo que genera reacción rápida y se consume sin fricción. La universidad pública funciona exactamente al revés. Una carrera dura cinco años. Una investigación básica puede tardar quince en producir algo aplicable. Y lo que un egresado genera en su entorno, menos aun se mide. Todo trabaja en escalas de tiempo que ningún balance anual puede capturar.
Lo que el algoritmo no puede financiar
El algoritmo ayudó a mover gente. Y después, con la misma indiferencia con que procesa cualquier otra cosa, pasó al siguiente tema. Ahí hay algo que vale la pena mirar despacio.











