Su forma de entender la cocina es un acto de rebeldía frente a la idea de que comamos todos lo mismo aunque vivamos en distintos puntos del planeta. Javier Urondo propone defender la diversidad y convertir al alimento en algo más cercano al deleite de lo artesanal y particular”. De ese modo sintetizan Mariana Erijimovich y Juan Villegas el espíritu del perseverante trabajo que el fundador y principal responsable de uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires viene llevando a cabo desde 2001. Sí, justamente ese año que en la Argentina se recuerda como bisagra por la profunda crisis que desembocó en la tristemente célebre huida en helicóptero de la Casa Rosada emprendida por un presidente (Fernando De la Rúa) agobiado e incapaz de enfrentarla, fue también el del nacimiento de “Urondo”, un favorito de los foodies que en lugar de seguir las tendencias en boga apuesta por una cocina sencilla pero siempre deliciosa que también puede sorprender con su propia versión del kimchi coreano o un plato inédito como los ñoquis con chinchulines. Erijimovich y Villegas son los directores de Jota Urondo, un cocinero impertinente, documental que fue exhibido en el Festival de San Sebastián y el Bafici antes de desembarcar en salas de todo el país (ver recuadro). Las motivaciones para avanzar con este proyecto tuvieron que ver, en principio, con una historia personal, la de Mariana, que visitó el restaurante y quedó, como muchos otros, prendada: “Entré al restaurante por primera vez hace veinte años, comí y conocí a Javier y a su gente. En esa época era difícil conseguir mesa, pero yo solía ir con un amigo mío que también es amigo de Javier, así que nos hicieron un lugar -recuerda ahora-. Me gusta mucho observar a la gente en su hacer, me gusta cómo se parte de una materia prima y se llega a deleitar e incluso a emocionar a alguien con el sabor de un plato. Y, sobre todo, me gusta la idea de que dar de comer es un acto de amor”. “Dar de comer”, así define el propio Urondo la tarea que gran dedicación mantiene desde hace ya más de dos décadas en una preciosa esquina de Parque Chacabuco donde funciona este restaurante. “Yo me sumé después al proyecto -explica Villegas, director de películas como Sábado (2001), Los suicidas (2005) y Las Vegas (2018)-. Lo primero que vi es que había un lugar que me daba ganas de filmar y, sobre todo, un personaje interesante. Porque presentaba contradicciones, inteligencia y una presencia cinematográfica”.