Parece imposible de creer hoy en día cuando cualquier niño sabe reconocer a un Tyrannosaurus rex antes incluso de aprender los nombres de los pájaros, los árboles o las constelaciones, pero a comienzos del siglo XIX los huesos gigantescos petrificados que aparecían de vez en cuando en la naturaleza seguían siendo un misterio sin nombre.
Algunos opinaban que, sin duda, eran restos de dragones. Otros, pruebas de la existencia de antiguos gigantes. Esta historia, tan desconocida, fue la que impulsó al periodista y divulgador Edward Dolnick a escribir Dinosaurios en la cena (Península, 2026), un libro que reconstruye cómo un grupo de científicos excéntricos, coleccionistas obsesivos y buscadores de fósiles terminó cambiando para siempre la manera en que la humanidad entendía el pasado de nuestro planeta.
El libro arranca con la historia de un niño de doce años llamado Pliny Moody, que en 1802 encontró unas enormes huellas fosilizadas mientras araba un campo en Massachusetts. Nadie supo interpretarlas. La palabra “dinosaurio” ni siquiera existiría hasta cuarenta años después.
Dolnick reconoce que ese instante de desconcierto colectivo, cuando el mundo empezó a descubrir que había una historia anterior a los humanos, le fascina profundamente. Hasta entonces la teoría predominante sobre el origen del mundo era la que se cuenta en la Biblia. “Los victorianos vivían en un universo cómodo y ordenado”, explica. “La mejor analogía sobre el descubrimiento de los dinosaurios es que fue como descubrir vida en otro inteligente en otro planeta. Incluso, diría que esa comparación se queda corta, porque muchos de nosotros hemos creído siempre que los extraterrestres existen. Ellos jamás habían imaginado un mundo anterior a los humanos y menos aún tan rebosante de una vida completamente diferente a la actual”.















