No dar importancia a los sentimientos de los menores puede tener consecuencias en su autoestima y en cómo se relacionan, además de causar posibles problemas de socialización en la edad adulta

Las experiencias emocionales tempranas vividas durante la infancia dan forma a cómo una persona responde en su vida adulta. Invalidar o suprimir lo que un menor siente, sea o no relevante para el adulto, puede provocar que este aprenda lo que los expertos denominan congelación emocional, un fenómeno por el cual el niño evita conectar con sus emociones y sentimientos y aprende a bloquearlos, no porque no los tenga, sino como una forma de protegerse y afrontar situaciones. “La infancia es la etapa en la que el niño depende emocionalmente de sus cuidadores principales para entender quién es, qué valor tiene y cómo debe relacionarse, y si no se siente validado, puede tener un gran impacto en su autoestima”, explica la psicóloga clínica experta en trauma Alejandra García Mundi.

Invalidar o no reconocer los sentimientos de los menores no siempre es un acto evidente; también existen formas más sutiles o más activas y perjudiciales, como premiar a un niño por desconectarse emocionalmente. “Todavía no entienden bien los matices, la ironía o lo que el adulto quiere decir en el fondo. Además, suelen interpretar los mensajes de forma literal, por lo que pueden quedarse con una idea más rígida y, a veces, más dura de lo que realmente se pretende transmitir”, agrega García Mundi. Esto puede reflejarse en frases, según ejemplifica, como: “Qué bien, nunca lloras” o “es muy maduro porque no se queja”.