Columnista invitado. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
Cuando era niño —en los años locos de Alan García, Sendero Luminoso y Alberto Fujimori— la aventura de comprar en el mercado solía terminar inevitablemente ante la temible balanza “pata de gallo”, esa gárgola de metal que gobernaba el mostrador de las tiendas con un aura demoníaca y dictatorial. Sus designios eran inapelables. El vendedor ponía el arroz o las menestras en el plato, equilibraba unas pesas y enseguida la balanza emitía su veredicto. Aunque parecía un procedimiento técnico, todos en el barrio sabíamos que muchas de esas balanzas tenían truco, estaban manipuladas. El nuestro era un mundo mágico donde el kilo de pollo podía pesar ochocientos gramos y donde las caseras te desplumaban con dulzura pidiéndote que vuelvas pronto, corazón.
Varias décadas después, en el Perú del 2026, el mercado electoral de la segunda vuelta ha renovado la desconfianza en las balanzas, en especial desde que muchos analistas, periodistas y operadores indican que esta sería la herramienta más adecuada para decidir entre la ultraderecha limeña de Keiko Fujimori y la izquierda provinciana de Roberto Sánchez.











