Podría decirse que anoche Bad Bunny triunfó en Barcelona. Qué menos, si las entradas estaban agotadas hace meses y su cancionero es el más tarareado de los últimos años. Pero lo que hizo anoche Bad Bunny en el Estadi Olímpic fue poner la cultura puertorriqueña en el centro de la historia y reivindicar la aportación musical de un pequeño país que ha legado dos de los géneros más arrebatadores de las últimas décadas: el reguetón y la salsa. Y, claro, si alguien debía presidir la consagración mundial de esta fértil isla del Caribe tenía que ser él: lo más parecido a Elvis Presley que pueda haber dado la música latinoamericana.
El último rey del pop no es blanco ni negro, sino latino. Y nació en un país del que no estaba previsto que pudiera surgir un artista de tales dimensiones. Pero Bad Bunny ha logrado copar todos los espacios reservados a las estrellas más rotundas del firmamento pop sin renunciar a su idioma, el castellano, ni a su identidad boricua. Benito Antonio Martínez Ocasio ha logrado ser un icono universal manteniendo un discurso orgullosamente localista. Y todo ello revierte en una gira mundial en la que parece que todo el mundo quiere ser puertorriqueño, hablar con deje puertorriqueño o tener amigos puertorriqueños. Menuda inyección de orgullo para un país y, por extensión, todo un continente.










