Afirma Manu Martín en Contra el patrimonio, publicado por Barlin Libros, que la representación monumental masculina contiene violencia intrínseca: “Dictadores, esclavistas y genocidas que acaparan el pedestal” coronando plazas, monumentos y museos con una violencia simbólica cuya presencia en ciertos espacios queda legitimada como salvaguarda de los lugares comunes que transitamos muches, pero solo unes poques pueden habitar. Hablar de esa representación monumental es traer una imagen que viene a la cabeza inevitablemente y que podemos situar en infinidad de lugares y representaciones: el gran hombre blanco montado a caballo.

La domesticación de estos animales comenzó hace 4.000 años en las estepas euroasiáticas, extendiéndose su uso hasta nuestros días pero teniendo el máximo apogeo en la expansión de los diferentes imperios, que aprovecharon su fuerza de trabajo en pos de las ansias expansivas imperialistas por otros territorios que, a espaldas de un equino, resultaron mucho más sencillas de realizar.

Piezas clave de la revolución agraria e industrial, el uso de caballos y yeguas como herramientas de trabajo o elementos de transporte se ha visto reducido notablemente gracias al acceso mucho más extendido a elementos de trabajo más eficaces y maquinaria que facilita las labores de la tierra, el transporte y la construcción.