No es lo peor. Pensar en J. Edgar Hoover, el director del FBI durante décadas, ante la figura de Kash Patel, quien ocupa ahora el mismo cargo por designación directa de Donald Trump, no es la parte más sórdida de un episodio siniestro que se repite de otro modo pero con similar impunidad. Tampoco lo es, puestos a buscar analogías extremas, exponer al propio Trump en cotejo con el presidente Richard Nixon. Es más, aun siendo Hoover y Nixon paradigmas de la razón iliberal, la comparación es falaz. Porque lo peor es haber dado otro paso. Ahora hacia el más allá.
Hoover, como operador oscuro en una democracia supuestamente liberal, es difícil de superar. Espió a todos los presidentes, de Franklin D. Roosevelt a Nixon –con especial atención y desdén a los hermanos Kennedy– y a todos los defensores de los derechos civiles, desde Rosa Parks hasta Martin Luther King. Nunca confesó su homosexualidad pero persiguió a cuanto gay se moviera en el entorno del poder: los consideraba débiles, expuestos a la seducción del comunismo, su principal enemigo. Convivió con la mafia, tuvo vínculos con Frank Costello, y acabó enfrentado a Nixon, quien desde su propio exceso llegó a pedirle escuchas de prácticamente todos los periodistas de Washington. ¿Pueden superar esto Patel y Trump? Están en ello. Son igual de corruptos, amorales y carentes de mesura pero a diferencia de Hoover y Nixon son huérfanos de instrucción política, pericia técnica y capacidad ejecutiva.






