Hace unos 10.000 millones de años, el universo atravesó una fase turbulenta y violenta dominada por choques continuos y fusiones masivas de galaxias. Según los modelos cosmológicos actuales, los frágiles discos espirales como el de nuestra Vía Láctea deberían haber sido aniquilados en esa gran batalla cósmica. Sin embargo, no fue así. El proyecto astrofísico internacional BEARD, coliderado desde el Instituto Astrofísico de Canarias (IAC), investiga los mecanismos que permitieron a nuestra galaxia mantenerse intacta y acaba de presentar los primeros resultados.

“Estamos explicando cómo es posible que estemos aquí”, explicó Adriana de Lorenzo-Cáceres, astrofísica del IAC y coinvestigadora principal de BEARD. “Y, ahora mismo, todo lo que entendemos nos dice que no deberíamos estar aquí”. Muchas de las galaxias que tenemos a nuestro alrededor contaban con una especie de “escudo protector”, una prominencia en su zona central conocida como “bulbo” que les aportó estabilidad y las ayudó a mantener su estructura. La nuestra, en cambio, es más bien como disco frágil, sin este tipo de bulbos estabilizadores. ¿Cómo es posible que nuestra galaxia, y otras similares, conserven la forma de disco después de millones de años de viaje por el cosmos?