Ravalear, verbo intransitivo, es uno de los deportes urbanos con mayor arraigo entre los barceloneses. Casi todos los nacidos en la ciudad han transitado el antiguo barrio chino, un arrabal crecido a la sombra de las murallas medievales, cuna de la rumba catalana y su peculiar rasgueo de guitarra, penúltimo reducto de la prostitución callejera, cobijo de bohemios descarriados como Jean Genet o Georges Bataille, predio de los bares flamencos en que corría la absenta y bailaban hasta el amanecer los marineros de la Sexta Flota estadounidense.En el Raval estaba Can Lluís, restaurante fundado en 1929, célebre por su surtido de arroces, su escudella, sus galtes de porc y los toneles de bacalaos frescos puestos a secar en su umbral que atraían a los dípteros voladores. De ahí su nombre popular, Can Mosques. Pol Rodríguez (Barcelona, 49 años), director de cine, creció entre los fogones de ese local de “cocina honesta” que regentaban sus padres, Lluís Rodríguez y Elisa Vilaplana. Allí conoció al rumbero Peret y al escritor y gastrónomo Manuel Vázquez Montalbán. Allí vio entrar a un Tony Curtis avejentado, “con bermudas, como un guiri cualquiera”, del brazo de una novia 40 años menor, y también a un Leo Messi adolescente, recién llegado de Argentina, a Rafael Alberti, Sara Montiel, Pepe Rubianes, Carlos Ruiz Zafón, Tete Montoliu, Vittorio Gassman y tantos otros. Allí entró en contacto por vez primera con cineastas como José Luis Guerín, que rodó en el barrio su mítico documental En construcción, y Joaquim Jordà, que le contrató como ayudante de dirección para el no menos ilustre De nens.El Can Lluís original echó la persiana en 2020, víctima de la especulación inmobiliaria. Un fondo de inversión se hizo con la finca e impuso a la familia un alquiler al que no pudieron hacer frente: “El inicio de aquella crisis me pilló rodando en Perú. Mi hermano y yo hicimos todo lo posible por ayudar a mis padres a conservar el negocio y pasamos por todas las fases del duelo. Mi hermano lo hizo con un enfoque más pragmático, yo con ganas de plantar batalla, de hacer ruido y conseguir que la prensa y las autoridades se interesasen, que al final no condujeron a nada”. Fueron seis años de lenta agonía, hasta que la pandemia dio el golpe de gracia. Un lustro después, Pol Rodríguez estrena en HBO Ravalear, una miniserie de seis capítulos que, tal y como confiesa, es “una venganza personal”, un intento de justicia retrospectiva al drama de sus padres. Pese a todo, Sandra Tapia, productora ejecutiva de Arcadia Motion Pictures, una de las empresas involucradas en el proyecto, precisa que “la historia de Pol y del restaurante no va mucho más allá del primer capítulo”. El resto es ficción, un tenso thriller de factura hiperrealista, deudor en lo visual del cine de Paul Greengrass y, en lo narrativo, del David Simon de The Wire o Show Me a Hero. Una historia de villanos de cuello blanco y de héroes lastrados por sus imperfecciones cuyo trasfondo es un barrio fascinante y caótico. La serie, con dos capítulos dirigidos por Isaki Lacuesta, se presentó en la Berlinale y se estrenó en HBO Max, con capítulo semanal, el 22 de mayo.Rodríguez cuenta que, a medida que se iba gestando la historia, el Raval iba adquiriendo mayor protagonismo: “Me di cuenta de que había algo muy local y, a la vez, muy universal en la historia. El Raval es un antiguo distrito rojo en proceso de gentrificación acelerada y traumática, situado en una ciudad que padece las consecuencias de un modelo de crecimiento especulativo muy hostil con sus ciudadanos”. Ravalear aborda cuestiones candentes como la crisis de la vivienda, la okupación, la inmigración o la consolidación de ciudades duales en las que “turistas y desahuciados comparten las calles”.Pasear con Pol Rodríguez por esta zona cero del saqueo inmobiliario es toda una experiencia. Parece conocer a todo el mundo, de los responsables del huerto urbano al encargado del Ateneu del Raval, pasando por los carniceros de la calle Carretes, el personal de asociaciones como Impulsem o los tenderos de la plaza Ricart. Muchos vecinos se acercan a saludarle, aunque él lo atribuye “a la gran cantidad de días que pasamos filmando por las calles del barrio, porque lo cierto es que yo vivo cerca de aquí, en Poble Sec, pero ya no en el Raval”. El director regresa a algunos de los escenarios de la serie, como el espectacular patio de vecinos tras el aparcamiento de la calle Carretes, la cancha de baloncesto de Reina Amàlia o la esquina en que reconstruyeron Can Mosques “con un nivel de detalle asombroso”, en lo que fue para él una recuperación casi proustiana del paisaje de su infancia. “Este barrio es un extraordinario plató al aire libre, tiene rincones que conservan el sabor local y la autenticidad que las grandes ciudades globalizadas están perdiendo”, explica. Tal y como resalta Sandra Tapia, “el de Ravalear fue un rodaje de kilómetro cero, muy a ras de barrio, en el que nos desplazábamos a pie, sin cortar calles ni crear molestias, intentando tener un impacto positivo sobre el entorno”.Para Rodríguez resultaba importante mostrar el barrio real más allá de la leyenda “y del estigma” del viejo barrio chino. El Raval es un área de muy alta densidad urbana (45.000 vecinos en apenas 110 kilómetros cuadrados) donde conviven más de 100 nacionalidades distintas. El 60% de los habitantes, cuenta Rodríguez, son “nacidos fuera de España”. Se trata, además, de una comunidad “humilde, pero articulada y combativa, que se organiza para defenderse de las agresiones que recibe, de ahí que haya tantos clubes, casales, asociaciones y centros cívicos”. Basta con asomarse al tramo de la calle Riereta en que conviven uno de los comedores sociales más activos, el de la Fundació Arrels, con el café-teatro Llantiol, fundado por los padres de Pol, “un local en que se hizo magia, vodevil, comedia y transformismo”, teatro popular, todo muy festivo y muy canalla.Junto al Llantiol nos reunimos con el periodista y realizador británico Justin Webster, autor de documentales de investigación sobre el Fútbol Club Barcelona, los últimos días de ETA, los asesinatos de la política leonesa Isabel Carrasco y el fiscal argentino Alberto Nisman. Webster aterrizó en Barcelona “hace 25 años, por amor”, y se ha ido quedando desde entonces. Pol Rodríguez le pidió que se incorporase como asesor al equipo de Ravalear para que “contribuyese a darle al guion rigor y verosimilitud, porque él conoce en profundidad problemas que afectan a este barrio, como la okupación, la gentrificación o los fondos buitre”.La colaboración empezó a cristalizar, en palabras de Webster, en torno a mesas como las del restaurante Els Ocellets, propiedad del tío de Rodríguez: “Pol me explicó la historia que se había propuesto contar y yo traté de ayudar a darle forma”. Juntos escribieron una primera aproximación sobre la que luego trabajaría un equipo de cinco guionistas (Isabel Campo, Isaki Lacuesta, Edu Sola, Alfred Pérez-Fargas y Roger Darnés). “Algunos de los aspectos más inverosímiles de la serie”, tercia Webster con humor melancólico, “son los que se basan en la pura realidad, en la amoralidad y la falta de escrúpulos con las que operan los fondos de inversión inmobiliaria, en la existencia de profesionales de la okupación que a veces son activistas antisistema, y otras, pequeñas mafias que se aprovechan de la desesperación de los que no tienen casa…”. Para Webster, “Ravalear no es una serie de buenos y malos, no es maniquea ni tramposa, pero sí que toma partido por las víctimas de la gentrificación especulativa. Yo creo que ciudades como Barcelona, que aún conservan su identidad, deben seguir resistiendo y defendiendo su modelo si no quieren convertirse en desiertos urbanos gentrificados como el barrio de Kensington en Londres”.Al día siguiente nos citamos en la plaza de la Gardunya, tras el mercado de la Boqueria, con la actriz Maria Rodríguez Soto, representante del muy coral reparto de Ravalear, del que forman parte también Enric Auquer, Sergi López, Quim Àvila, Francesc Orella, Lluïsa Castell, Alba Guilera o la jovencísima (todo un descubrimiento) Noor Ul Huda. Para Rodríguez Soto, su papel en la serie, la esposa de uno de los dos hijos del matrimonio propietario de Can Mosques, es “un caramelo, un personaje muy bien construido desde el guion, rico, complejo y con mucha trastienda”. A medida que va desplegando su arco, se descubre más: “Nos encontramos con una mujer muy leal con la familia de su marido, inteligente, pragmática y con principios, pero no del todo inmune a la ambición y sus efectos corruptores”. Por momentos se perfila como una de las brújulas morales de la historia, testigo impotente del proceso de degeneración ética de su marido, “pero ella también vive en un mundo sucio en el que resulta muy difícil no acabar ensuciándose”. De la mano de Pol Rodríguez, Maria ha descubierto “un Raval distinto, muy reivindicativo y solidario, con redes comunitarias”. Y añade: “A mí, que soy de un barrio barcelonés también popular como La Verneda, me producen una envidia sana”.Por último, para completar la inmersión y a sugerencia de Pol Rodríguez, acudimos a uno de los epicentros solidarios, el Casal dels Infants del Raval, que asiste a más de 2.000 niños y 500 familias. Llegamos a la hora de la merienda, todo un acontecimiento para la chavalería local, y nos reciben el representante de Relaciones Ciudadanas, Enric Canet, y la directora territorial, María José García. Canet habla de un vecindario “muy vivo y muy relacionado desde siempre con la infancia, que acogía ya en el siglo XIV un hospital de huérfanos y que hoy asume el reto de albergar a miles de niños y jóvenes de todas las procedencias”. Él asume que “la mayoría de los que progresen acabarán yéndose del barrio”. Y defiende: “Como gestores sociales no podemos renunciar al sueño de construir entre todos una comunidad mejor, un lugar en el que valga la pena quedarse”. García resume en un par de frases lo que supone trabajar día tras día en un entorno tan vital y tan exigente como este: “A veces resulta descorazonador, porque las necesidades son muchas y los recursos disponibles muy pocos. Pero cuando miras atrás y te centras en las historias de éxito, en los niños y niñas que han jugado, merendado y estudiado en estas aulas y luego han podido dar pasos adelante en la vida, te sientes muy reconfortada”. El Raval resiste. Y es un arma cargada de futuro.
‘Ravalear’: recuerdo y resistencia en el barrio chino
El cineasta barcelonés Pol Rodríguez creció entre los fogones de Can Lluís, el popular restaurante en el Raval que frecuentaron desde Sara Montiel hasta Leo Messi. El local, víctima de la especulación inmobiliaria, cerró en 2020 y ha inspirado la serie ‘Ravalear’







