Actualizado Viernes,

mayo

22:21La cr�nica debe ser de principio a fin una oda a Victoriano del R�o, un canto glorioso a Cantaor, la excelencia del toro bravo. Y un reconocimiento a Sebasti�n Castella, al mejor Castella, que es el Castella de Madrid. Fue la vuelta al ruedo en el arrastre el justo premio a Cantaor como en justicia se hubiera abierto la Puerta Grande para el distinguido franc�s: la escena del beso de despedida al toro resumi�, entre l�grimas, la elegancia en la derrota. No fall� el resto de la notable corrida, sin ser las m�s redonda, con sus luces y sombras; Victoriano llen� de sentido su frase lapidaria: �Los toros tambi�n tienen que tener suerte�.A las 20.15 salt� Cantaor con un sinf�n de promesas en su seria armon�a y en su flexible manera de estirarse, ya en los capotazos del profuso saludo de Sebasti�n Castella. Cantaor aglutinaba todas las excelencias del campo bravo, la excelencia absoluta de la bravura, todas las notas enclavijadas en el pentagrama de la matr�cula de honor: la humillaci�n galopona, el ritmo sostenido pero torrencial, la profundidad de lo prodigioso. A m�s y a m�s, sin un quebranto, hasta el final. El monumental toro de Victoriano del R�o resucit� al mejor Castella, que es el Castella de Madrid. Estar a la altura de Cantaor ya supon�a un reto may�sculo para un torero de vuelta. Conviene decir cuanto antes que el elegante galo, con un historial gigante en esta plaza, lo cuaj� sin m�cula. Desde los pases cambiados en formidable alboroto de apertura pasando por la mano derecha y una izquierda majestuosa. Fluy� ligado, limpio y creciente el toreo, tan frondoso en series de cinco y seis muletazos. La obra tampoco par� de crecer, como Cantaor, hasta su exacto final. El sentido del tiempo acompa�� en esta ocasi�n al franc�s con una puntualidad inglesa para despedirse por bernadinas. La Puerta Grande -la s�ptima de su carrera- se present�a entreabierta. Pero la precipitaci�n con la espada -el toro estaba encogido- provoc� que s�lo enterrase media estocada. Ya, luego, con el descabello romo enterr� todo lo dem�s hasta el desconsuelo. Las escenas que siguieron a continuaci�n fueron las de un tipo �ntegro entre l�grimas: cuando el presidente Jos� Luis Gonz�lez acert� a premiar al toro con la vuelta al ruedo en el arrastre, Sebasti�n quiso dejarle un beso de despedida entre el cascabeleo de las mulillas. Y, despu�s, en su emocionante vuelta al ruedo, en la del torero, digo, Castella entreg� su montera a Victoriano del R�o en el callej�n. Gloria a Cantaor.Hab�a partido plaza un toro zancudo, como un tanque su presencia, cabez�n, un aparato de 607 kilos. Se movi� mucho, sin definir en los tercios previos, haciendo cosas que a veces promet�an, pero siempre �ay! con la tracci�n en las manos. Derrib� en el caballo por accidente laboral cuando el picador (Agust�n Romero) marr� el puyazo. Un batacazo en toda regla. M�s por el momento estrell�n sin contrafuerte del toro que por el empuje. Que ser�a la carencia que ya se empezaba vislumbrar: el empuje, la entrega y, en definitiva, la bravura. Sebasti�n Castella anduvo con oficio en terrenos muy de afuera hasta que se raj� el manejable animal.Fue francamente interesante ver las evoluciones de un nuevo Duplicado, hechurado, arremangado de pitones, entre desacompasado o descompuesto cuando iba a su aire, pero con una enorme colocaci�n y una intensa transmisi�n cuando Emilio de Justo le exigi� por abajo. Exig�a el toro, valga la redundancia, una precisi�n extraordinaria que De Justo supo darle en las tres notables series de derechazos -esa era la mano- que constituyeron la viga maestra de la faena hasta las encendidas manoletinas. No s� si con la suficiente contundencia para cortar la oreja de Duplicado de haber cobrado la estocada. Los aceros fueron su cruz tambi�n, pero no s�lo, con un quinto de fr�giles apoyos y buen fondo al que castig� con un tacto hostil. El atasco infinito con el verduguillo dur� hasta los dos avisos; el maltrato hab�a sido antes.Tom�s Rufo no est� y cuando no se est� nada se ve con claridad. No fue gran cosa un feo tercero, pero para haber apostado. Y ver antes la mano izquierda. El voluminoso �ltimo (Jilguero), de apariencia mansona, acus� la mala lidia, se dio con el estilo de su reata (la de los cantores; Cantap�jaros en el recuerdo), no dur� mucho y, el tiempo que dur�, Rufo lo malgast�. Empat� en el mal manejo de la espada con sus compa�eros.La corrida se arrastr� con ese sino de malgastada, bajo el glorioso canto de Cantaor, la oda y la frase de Victoriano del R�o: �Los toros tambi�n tienen que tener suerte�.