Bad Bunny es una trampa. Como lo son Rosalía o Lamine Yamal. No puedes defenderlos sin sentir que te están tomando el pelo. Tampoco defenestrarlos sin sentirte viejo y reaccionario. Bad Bunny es, aquí y ahora, el mejor y peor cantante del mundo a la vez. Bad Bunny optó por el blanco para actuar en la Super Bowl. Carlos Avila GonzalezSuelen darse estas cosas –Bob Marley, Keith Richards, Chrissie Hynde, Shane MacGowan–. Lujo y miseria, conciencia y frivolidad, músico y merchandising. Orgullo de clase y alma capitalista. No es el Ché ni Héctor Lavoe. Tampoco Maradona. Pero ni mucho menos Shakira o Alejandro Sanz. Es él: Bad Bunny, un timo que vale la pena comprar. Llegó de Puerto Rico y le fue bien con los negocios en los Iudesé, en Miami y en Nuevayol. Es puro sueño americano pero que no quiere haber nacido en Virginia ni ser del todo blanco o del todo idiota. Bad Bunny es inteligente y talentoso. Desde la portada de Debí tirar más fotos a la propuesta musical que hay en su interior, su puesta en escena, el control del entretenimiento como arma política, así lo demuestra. No hay decadencia en la música popular. Son nuestras orejas viejas, la esclerosis supremacista del pop blanco, la que trata de autoconvencerse con su nostalgia de Viagra, y sus patosos pasos danzarines Donald Trump. La música popular –rock’n’roll, blues, trap, etc– es casi siempre sexual y está llena de palabras mal dichas, dobles intenciones, golpes de cadera, urgencias adolescentes, fantasías, hipos, bailes, toses y gritos. Sus cantantes siempre parecen tener prisa mientras cantan porque saben a dónde ir después de esa canción, y tú no. Es música cantada por gente que canta bien y mal a la vez, como se cantan los villancicos o las canciones de borrachos, con intención y chulería, nihilismo y mucha pirotecnia emocional: convencer al otro para que se revuelquen contigo, olvidar el dolor pasajero, exprimir el carpe diem. Para el resto ya tienes las bandas tributo, a La Oreja de Van Gogh con o sin Amaia y las habaneras en Palafrugell.