Escuchaba la música de Bad Bunny a escondidas de sus padres. Lo hacía cada mañana, al salir de casa, a través de los auriculares con los que ponía rumbo a uno de los colegios católicos más prestigiosos de Puerto Rico. Lian Molina tenía tan solo 13 años en aquel entonces. “Eran canciones que hablaban de sexo, de alcohol, de cosas sobre las que nadie quiere que escuche su hijo”, rememora la joven, que no supo de la existencia del artista hasta que no entró en ese centro y habló con sus compañeros. “Que llegara nueva y conociera todo esto en un sitio bastante conservador, donde no debían gustar mucho las letras de Bad Bunny, no me lo hubiese esperado nunca”, confiesa.
El punto de inflexión tuvo lugar en la fiesta de fin de curso. “Los papás no querían que pusiéramos esa música, y me acuerdo de que al final de la fiesta, uno de los nenes la apagó, sacó el celular y puso esas canciones, que coreamos a todo volumen”, explica Molina. Aquello sucedió, además, con los padres delante. Fue un acto de rebelión que hoy se torna una metáfora de la trascendencia global que Bad Bunny ha alcanzado en todo el planeta. Tanta, que Lian Molina tiene ahora 23 años y es su padre quien le pone esas canciones: “Es fanático. Me ha pasado que me monto en el carro, son las siete de la mañana y él ya está poniendo a Bad Bunny. ¡No quiero escuchar a Bad Bunny a esa hora!”.










