Poco después de dar a luz a su primera hija, durante un posparto que tuvo momentos luminosos, pero también oscuros, Leticia Sala (Barcelona, 37 años) se topó con los primeros signos del envejecimiento sobre su propio cuerpo. “De pronto, me encontré ante un rostro que no reconocía. Más cansado, más castigado, en definitiva menos juvenil. Aquellos primeros meses de pura entrega y servicio se llevaron por delante mucho más que un rostro descansado”, escribe en las primeras páginas de Dame veneno que quiero vivir (Anagrama), un libro que nació de un ensayo publicado en esta revista. Ella se dio a conocer en redes sociales, donde comenzó a compartir pensamientos íntimos con óptica femenina y en 2018 publicó su primer libro, Scrolling After Sex (Terranova). Tras el hallazgo en su rostro, cuenta, se impuso una rutina de cuidados cosméticos que no tenía nada de inocua ni ligera, sino que acabó siendo más bien obsesiva. Lo identificó años después, al pararse a ver el mundo a través de los ojos de su hija, cuando esta le preguntó que por qué papá no se ponía cremas. “Pertenezco a esta generación de madres mileniales que estamos un poco obsesionadas con no reproducir los traumas generacionales que heredamos de nuestras madres”, explica, “así que cuando me observé a mí misma desde fuera, poniéndome todas estas cremas cada noche, hablando del tema con mis amigas, pensé que no me gustaría estar haciendo lo mismo que hizo mi madre, solo que cambiando la barriga por los pómulos”. Como niña de los noventa, Sala creció en un entorno en el que la obsesión por el cuerpo y las dietas estaban normalizadas: “Alrededor de los 20 años empecé a entender que mi búsqueda de la delgadez era la mirada de mi madre, o del círculo en el que yo me movía. Entonces llegó el movimiento de abrir un poco el canon e incluir cuerpos más diversos. Genuinamente creí que lo estábamos consiguiendo, pero creo que en los últimos meses hemos retrocedido también en este sentido”.La presión estética sobre las mujeres ha existido a lo largo de toda la historia pero, entre avances y pasos atrás, hoy al menos se le pone nombre. Sala quiere abrir el debate y exponer una narrativa que no está en la corriente predominante. Por ejemplo, con los neuromoduladores (conocidos por su nombre comercial, bótox), cuyo uso se ha extendido pasando por alto su naturaleza: “No sé hasta qué punto la gente sabe que es un veneno que se pone en microdosis o que no es tan inocuo como nos han vendido, que no se reabsorbe. Siento que hay un blanqueamiento en torno a ello. En el libro intento al menos exponer esta cuestión y que cada uno haga lo que quiera y lo que pueda”. En sus grupos de amigas hace tiempo que se ha normalizado hablar de este pinchazo que paraliza los músculos, una herramienta que apaga las emociones del rostro. “Lejos de parecerme una ventaja, el hecho de que el bótox pueda contribuir a que la mujer muestre menos enojo, menos emociones a fin de cuentas, nos convierte en seres más dormidos, más maleables. El uso masivo de bótox no solo estaría contribuyendo a una homogeneización de los rostros, sino también de nuestros límites a la hora de sentir, reaccionar y expresar el enfado”, escribe en el libro.La paradoja en la que nunca se ganaEscribe Sala que la que se hace retoques le falla al feminismo; la que no, a la feminidad. De cualquier forma, el sistema acabará señalándolo. “A mí muchos ya me han dicho que tras escribir este libro no iba a poder hacerme nada. Y entonces leí a Naomi Wolf [que publicó en 1990 el clásico sobre el tema El mito de la belleza], que con gran inteligencia ya anticipaba que van a individualizar tu discurso en tu cara, como si no pudieras tener un discurso que se separe de ti. Lo fácil y lo que nos polarizaría entre nosotras sería empezar a marcar quién se ha hecho algo y quién no, como si alguien fuera mejor”. No se trata de dividir, sino de encontrar encajes: “No sé exactamente cómo es dejar de reconocerse por completo, no tiene que ser fácil, y me importa insistir en que aún no conozco la experiencia de la vejez, no sé cómo reaccionaré. Ahora mismo siento que mi rostro me va diciendo cosas y quiero darle la oportunidad para ver qué le apetece hacer. Quiero intentar conectar desde la curiosidad y no tanto desde el miedo”.La escritura nunca estuvo en los planes de Sala, que era abogada en una gran consultora cuando decidió dar un volantazo y dejar un escenario en el que la apariencia era moneda de cambio: “Era un ambiente tóxico de oficina, con grupos de hombres hablando sobre las mujeres, sobre la más guapa… Había presión estética ejercida unilateralmente, porque en ningún caso nosotras hablábamos así sobre ellos. Había muchas cosas desagradables. Me encantaría verlo ahora por una cámara, ver si 10 años más tarde continúan ese tipo de bromitas”. Las decisiones que las mujeres tomamos sobre el rostro están muy relacionadas con otros ámbitos de la experiencia femenina, con el sitio que ocupamos en el mundo.El papel de la belleza nunca ha sido igual para hombres y mujeres, por la propia posición de las mujeres en la sociedad. “Se asocia belleza a frivolidad, pero para mí es todo lo contrario. Es uno de tantos temas que tiene apariencia frívola, superficial como la propia piel, pero su profundidad no te la acabas. Las decisiones que las mujeres tomamos sobre el rostro están muy relacionadas con otros ámbitos de la experiencia femenina, con el sitio que ocupamos en el mundo. Con la posibilidad misma que tenemos las mujeres de envejecer o no en paz, manteniendo nuestro lugar como lo mantienen los hombres”. Porque las mujeres desaparecen de la escena pública según cumplen años. Quizá porque, como también decía Naomi Wolf, el envejecimiento femenino no gusta, porque con el tiempo las mujeres adquieren mayor poder. “Se ve hasta en los cuentos infantiles que le leo a mi hija”, prosigue Sala, “una mujer anciana es o calladita y buena o la bruja mala del cuento”.Quedan muchas discusiones pendientes, algunas son cotidianas, sobre términos que aún se leen a diario en las etiquetas de los productos de cualquier baño: “La palabra antiedad para mí debería estar prohibida. Decir antiedad es como decir ‘promuerte’. No sé por qué lo aceptamos y por qué lo tenemos en un lugar tan sagrado de nuestras casas”, se cuestiona la escritora, que quiere construir un espacio seguro para las que vienen detrás. “Todas estamos bajo esta presión y no vamos a dejar de estarlo en el corto plazo, pero para mí sería un regalo conseguir que mi hija vea en mi rostro el de una mujer libre, porque eso le allanaría mucho el camino. De momento, a mí su curiosidad me ha ayudado a elevar mi conciencia sobre estos asuntos”.