La mayoría de las cosmovisiones políticas y sociales parten del planteamiento de un modelo determinista del mundo, pensando que las leyes son constantes. Pero si la riqueza es conocimiento y el crecimiento es innovación, las innovaciones generan disrupciones que provocan mejoras no lineales e imprevistas en la riqueza, la productividad y la calidad de vida. Es precisamente esta idea la que nos permite afirmar con certeza que Thomas Malthus y sus predicciones oscurantistas eran erróneas. A día de hoy está sobradamente demostrado que la población mundial ha crecido a un ritmo mucho menor que la velocidad de crecimiento de los recursos disponibles, justo lo contrario de lo que el reverendo pronosticó a finales del siglo XVIII. A pesar de la evidencia, esta tesis no es que simplemente siga viva y plenamente en forma, sino que además se ha vuelto a poner de moda muy especialmente en sectores de izquierda que se autoproclaman progresistas adquiriendo su máxima expresión en la corriente ecologista radical actual. Y es lógico, pues el negocio de estos sectores de izquierda para conseguir adeptos y seguidores es enfrentar a la sociedad siempre en dos bandos, los explotadores empresarios y los explotados trabajadores, que en el caso del medio ambiente son los explotadores empresarios del planeta tierra y sus recursos y los cuidadores ecologistas. Y es que estos sectores ecologistas y progresistas parten de una visión materialista y determinista del mundo, por lo que perciben a los hombres como bocas y no como mentes, como consumidores y no como creadores. Es precisamente este el eje principal en el que se asienta toda la corriente del romanticismo alemán en contra de la revolución industrial. Y de aquí pasamos, inicialmente en Europa y posteriormente a Estados Unidos, a percibir la economía como esa ciencia lúgubre que trata de estudiar la escasez de los recursos que el hombre, como especie meramente explotadora y consumidora, está destruyendo y esquilmando. A día de hoy sabemos que el hombre no es el problema, sino que somos más bien el mayor activo, el último recurso. Este planteamiento optimista del hombre es una visión que se asienta en el humanismo, la ilustración y la economía del conocimiento. Somos conocimiento e innovación, y las innovaciones generan disrupciones que provocan mejoras no lineales en la riqueza, la productividad y la calidad de vida. Por tanto, tal y como podemos observar matemáticamente a lo largo de la historia, en muchas ocasiones los crecimientos en la productividad y la riqueza son exponenciales e impredecibles, siempre sujetos a la incertidumbre que provocan las innovaciones. Desde mi punto de vista, es evidente que la riqueza de un país realmente no se compone de cosas y de capital acumulado, sino de pensamientos y conocimiento acumulado. Por ello, las sociedades occidentales libres deberían centrar sus esfuerzos en generar un ecosistema social que fomente la libertad individual, la creatividad, el intercambio y el libre comercio, en definitiva, en crear la mezcla virtuosa que nos guíe hacia la sociedad del conocimiento y la innovación. Por tanto, la riqueza, prosperidad y calidad de vida de un país dependen directamente de su capacidad para acumular conocimiento e innovaciones para que estos se trasladen a las compañías e incrementen su nivel competitivo. Las compañías, al competir mejor, crecen más rápido y este crecimiento provoca un mayor número de puestos de trabajo, sueldos medios mayores y más beneficios para las compañías. Opinión TE PUEDE INTERESAR La universidad ya no garantiza el futuro Juan Villalonga Nacho Larriba Esta situación provoca una mayor recaudación para las arcas públicas vía impuestos, con lo que se incrementa la capacidad del Estado para invertir en protecciones sociales. Este enfoque humanista sitúa al hombre y a la economía del conocimiento en el centro, por tanto, las políticas educativas emergen como el principal motor que posibilita este desarrollo. Es decir, la forma en la que gestionemos nuestro sistema educativo y ejecutemos sus políticas, tanto desde la formación primaria hasta la terciaria y el doctorado, determinará nuestra capacidad competitiva para producir la riqueza suficiente que nos permita mantener nuestro sistema de bienestar que tanto sudor y sangre ha costado a nuestros mayores y antepasados. Por desgracia, en nuestro país la educación no se concibe como un motor generador de riqueza, sino que más bien normalmente se ha percibido como una herramienta al servicio de las ideologías. De aquí que las 8 reformas educativas, que se han hecho desde la transición hasta nuestros días, casi siempre se han quedado en un mero maquillaje político al servicio de la campaña política de turno, evitando en todo momento entrar en los aspectos que son verdaderamente estructurales. Por ello seguimos estando huérfanos de un pacto de Estado por la Educación, cuestión tan perentoria y necesaria en estos momentos. Opinión Empero, el ambiente de enfrentamiento y polarización que la izquierda actual está inoculando en la sociedad en general y en el sistema educativo de forma particular es inaudito. En cuanto a la educación, lo único que les parece importante en estos momentos es radicalizar cada vez más el enfrentamiento público-privado. Es decir, lo único que les interesa es la naturaleza del proveedor del servicio educativo, es decir, si es de naturaleza pública o privada. ¿Qué más da lo que se enseñe y cómo se enseñe? ¿Qué más da cómo se gestione? ¿Qué más dan los costes y las eficiencias? ¿Qué más da cómo compitan nuestros egresados? Aquí lo importante no es que exista un servicio educativo de alta calidad, de acceso libre, gratuito y universal, sino que lo único importante es que el servicio solo sea de naturaleza pública. Lo único que interesa es que el proveedor de todo el servicio educativo sea de origen público y de que éste no pueda tener ningún tipo de competencia de naturaleza privada. No sé realmente cómo lo han conseguido, pero la realidad es que nuestra izquierda radical actual ha conseguido que la sociedad perciba que todo servicio que se suministra en nuestro país que sea de acceso libre, universal y gratuito, si es realizado por una entidad pública, es de buena calidad y gestionada por personas buenas y eficientes, y que si es privado, es de mala calidad y gestionado por personas diabólicas que suelen escupir fuego por la boca. La izquierda actual española lo tiene claro, crear mensajes sencillos de temor hacia lo privado y repetirlos hasta la extenuación. Por cierto, perdón por el inciso, pero cuánto cariño y añoranza tengo por nuestra izquierda demócrata que tanto bueno hizo por la libertad y el progreso de nuestro país. Volviendo al tajo de la reflexión que nos ocupa, voy a realizar una breve disección del planteamiento que hace esta nueva izquierda manipuladora para enfrentarnos en torno a la educación, a sabiendas que me llevará al linchamiento verbal y al ostracismo intelectual, pero queridos lectores, créanme que merece la pena analizar la reducción al absurdo a la que nos quieren arrastrar: Sabemos que cuando en una sociedad se incrementa la competencia en cualquier sector, siempre se mejora la calidad del producto, además de bajar directamente el precio del mismo al consumidor final. Es decir, mientras se tengan mecanismos centrales de control de monopolios u oligopolios, la regla es sencilla: a más competencia, mayor beneficio para el consumidor. Pero esta nueva izquierda no quiere ni libertad ni competir. Las instituciones educativas que son privadas al cien por cien no consumen ni un solo euro de las arcas públicas. Es decir, no le cuesta nada a los presupuestos generales del Estado ni a los regionales. Pero dicen que tienen menos dinero por culpa de los costes que generan los proveedores privados. Mentira, no reciben ni un euro. Pero lo dicen y la mayoría de las personas lo creen. En España existen notas de corte y listas de espera excesivamente altas en muchas titulaciones académicas oficiales. Esto provoca que muchos estudiantes no tengan la posibilidad de acceder a los estudios que desean. La educación privada aumenta las posibilidades de acceso a los estudios y ayuda a relajar las listas de espera y las notas de corte. Pero dicen que los proveedores privados les quitan alumnos, llegan a decir incluso "nos roban" los alumnos de nuestras aulas. Nos han inoculado un meme ideológico que muchos de nosotros damos por cierto y no cuestionamos. Los servicios educativos que son realizados por entidades públicas son de calidad y están bien gestionados. Los servicios educativos realizados por instituciones privadas son de bajo nivel y regalan las notas. Mentira, en educación primaria, secundaria y FP no existen rankings de calidad oficiales, por lo que existe mucha opacidad y falta de transparencia. En cuanto a los rankings de las universidades, muchas privadas aparecen en una mejor posición que muchas universidades públicas, pero nadie lo dice. Además, en estos rankings influye mucho el volumen, tamaño y antigüedad, pero nunca exponen datos relativos. Me explico: por ejemplo, se valora el número total de artículos en revistas indexadas, pero no el número de artículos medios por cada personal docente investigador, dato que nos daría mucha más visibilidad de la verdadera producción científica de la universidad independientemente del tamaño de la misma. Si crece lo privado, lo público se tiene que cerrar. Veamos, si la educación privada crece, es bien porque las personas que prefieren lo público pero no pueden acceder a estudiar la titulación por nota de corte, eligen la opción privada (obvio los que pueden pagarlo), o bien porque los proveedores públicos están dando muy mala calidad en su servicio y los alumnos buscan una opción de mayor calidad. Si el crecimiento viene por la primera reflexión, fantástico, la alternativa privada permite descongestión en las listas de espera de los alumnos. Si es lo segundo, estupendo, cerramos los centros de proveedores públicos de mala calidad y ese dinero lo reinvertimos en mejorar la competitividad de los proveedores públicos que lo están haciendo mejor. Porque no olviden, los recursos de las arcas del Estado son limitados y las pagamos todos nosotros. La educación pública gestionada por proveedores públicos tiene mucha mejor gestión. Esto es de traca, pues el coste de una plaza pública anual duplica el coste de matrícula anual de muchas privadas. Y es que lo que nos está costando a todos los españoles mantener los servicios educativos con proveedores públicos es muy elevado. A modo de ejemplo, el coste medio de una plaza de FP superior suministrada por proveedores públicos es de aproximadamente 8.000 euros frente a los 3.900 de media que ofertan los proveedores privados. Esto implica una alta ineficiencia en la gestión y control del gasto de los proveedores públicos, más a sabiendas de que, con esos precios, los privados además ganan dinero . Con todo, es fácil comprender que la educación privada no consume recursos públicos, mejora la competitividad del sistema, aumenta las posibilidades de elección del alumno y, en no pocas ocasiones, descongestiona el sistema de listas de espera de los proveedores públicos, aumentando las posibilidades de elección y las probabilidades de que los alumnos estudien lo que desean. Pero estas cuestiones las están intentando ocultar continuamente todos esos progres defensores de la supuesta "calidad educativa". Solo crean un debate parcial, manipulado y sibilino con la intención de enfrentar a la sociedad y comprar voluntades políticas. Y aquí viene lo peor: la intención profunda no es que no quieran competencia, cuestión que es obvia, la realidad es que no quieren la intervención de ningún agente educativo que no esté controlado por la maquinaria del Estado. Su fin último es simple: controlar el mensaje, aborregar a las masas y homogeneizarlas extirpando el juicio crítico y el debate dentro de las aulas. Si en vez de enfrentar ambas estructuras generásemos puentes de cooperación y colaboración pública-privada, la calidad y competitividad del sistema educativo crecería exponencialmente con el beneficio directo que ello supondría para los alumnos. Debemos potenciar la colaboración público-privada en el ámbito educativo para concurrir conjuntamente a proyectos de investigación, adaptar los currículos educativos, optimizar el talento, flexibilizar la intervención y la burocracia, creando un sistema meritocrático y transparente para dar visibilidad a las mejores prácticas. Tenemos que romper, de una vez por todas, los muros ficticios de aislamiento y pobreza que muchos sectores de izquierda, junto con los gestores de las instituciones públicas, han construido artificiosamente para intentar mantener sus propios reinos de taifas aislados del mundo libre. Si observamos, por poner un ejemplo, cómo se gestionan actualmente las universidades públicas, se ve con claridad cómo se han creado verdaderas islas de poder que están gestionadas por los nuevos autócratas del siglo XXI dentro de países occidentales libres y democráticos. En fin, os deseo salud y mucha fuerza para enfrentar este camino lleno de trampas, manipulación e intervencionismo. *Paco Ávila, empresario.