La guerra de Irán se prolonga más de lo esperado. Con suerte, la intercesión de China para su resolución pueda tener éxito. Pero falta que Trump deje la retórica bélica a un lado y asuma que el conflicto ha capacitado a Irán para capitalizar económicamente el tránsito del estrecho. Mejor un lavado de cara de última hora que arriesgar la destrucción mutua de la infraestructura básica del Golfo o el arrample de la economía mundial por hipotensión energética en sus arterias. La normalización de las cadenas de suministro llevará muchos meses. Los mercados de bonos han despertado ya al impacto en inflación, crecimiento, déficits, deuda: subidas de tipos de interés globales la semana pasada. Y a todo esto, los mercados bursátiles y de crédito corporativo por su cuenta compran la interinidad de la crisis y rondan máximos históricos, ebrios con el despliegue de IA. La excitación bursátil con los beneficios empresariales de un segmento muy concentrado de compañías ligadas a la IA, impulsadas por la voracidad de la demanda en computación e infraestructura, va directa a colisionar con ese cuadro macroeconómico al límite, expresado en inflación y tipos en subida libre. Déficits fiscales y deuda que arrastran las crisis del Covid, y Ucrania, añadirán ahora la de Irán. Manifiesto el optimismo arraigado en la psicología del inversor americano dando por buenas las declamas de victoria presidenciales a pesar de los varios ultimátum y prórrogas desoídas. Un trasfondo psicológico con mucho arraigo: el legado de condicionamiento de una política económica de asistencia sistemática a mercados y déficits las dos últimas décadas. La cuestión crítica es si esas mismas políticas son viables en el entorno actual de inflación y tipos de interés, con déficits y deudas rozando máximos históricos. Y, sobre todo, a qué precio. Tan extravagante resulta el contraste entre el optimismo de mercados y la realidad macroeconómica y geopolítica que la prensa internacional de negocios le ha dedicado portadas las últimas semanas. Una columnista del Financial Times, Gillian Tett, ofrecía un inventario de explicaciones según dónde preguntara. En California, es la trepidación de la revolución científica y en particular el despliegue de centros de datos para la IA que afecta a chips, materiales y energía. En Washington, el argumento más notable, muy en línea con la miopía del credo MAGA, es que, a EEUU, exportador de energía, esta crisis hasta le viene bien. Y en Londres, la idea de que en todos los conflictos bélicos de renombre las últimas cinco décadas, siempre tienen un final feliz en mercados. Todas son razones verosímiles, pero la palma se la lleva la psicológica. El condicionamiento del inversor a la complacencia desde que en la gran crisis del 2008 se instituyó la política de rescate a los mercados. Más allá de TACO, "Trump always chickens out", la pauta probada por la que Trump siempre recula en sus políticas más nocivas por cuidar los niveles de mercado. Y más allá de la gestión de las últimas crisis que llevaron a Biden a ejecutar un estímulo fiscal del 20% del PIB en varios programas y a doblar el balance de la Fed asistiendo con la compra de deuda soberana. Desde aquel 2008, la connivencia entre el estamento político que mira a la siguiente elección y las élites propietarias de activos recurrió al sistema más consabido en la historia: comprar y cubrir deudas con dinero de nueva creación. Se reprimen los tipos de interés: los mercados de capital y el nivel de valoración de activos salen beneficiados. Y se abre más espacio para el dispendio fiscal. Lo que debiera haber sido una práctica temporal para evitar el colapso se prorrogó durante 18 años. Y cualquier conato de interrumpirla (2014, 2019, 2025) tensa los mercados que vuelven a meter a la FED al redil: aportar más liquidez. Acrónimos tipo "FOMO" (fear of missing out) o "TINA" (there is no alternative) o "BFD" dan testimonio de ese condicionamiento "pavliano", de esa adicción letal. El último acrónimo acuñado, el "BLISS trade"- "Big Lasting State Support"- la enorme y perenne asistencia de esas políticas, va a las causas y lo clava. Dos o tres generaciones de inversores no han conocido otra cosa. Literal. Todo un fenómeno de psicología social que se ha extendido al inversor a pie de calle- un 60% de los hogares americanos tiene ya exposición a bolsa. Ha terminado por conformar toda una tipología de inversores, que hoy en día mueve los mercados con un 35% de los volúmenes. Todo un "ejército de inversores", que no necesitan ahorrar porque tienen en la bolsa al alza su hucha, apunta Sharma del FT. Un contrapunto sangrante con la pésima experiencia de bolsa europea desde la crisis € hasta el año pasado: la gran estampida de capital que supuso, los mercados fragmentados y ese aire de fatalismo político. El tipo de política económica que explica la bifurcación entre los destinos económicos de los propietarios de activos y el resto (economía en forma de "K")- incluida la juventud y la brecha generacional. Y explica también buena parte de la dispersión en rendimientos entre los activos americanos y el resto del mundo. Sí, el ecosistema de monopolios innovadores encarnado en esas M7 es envidiable, pero cuenta debajo con los cilindros de la "monetización de déficits". Un factor diferencial para los mercados de capital a ambos lados del Atlántico que es medible. Durante el periodo (2009-2024), señalan el FMI y Draghi, EEUU ha monetizado por valor de $ 14.5 billones, casi 6 xx los niveles de la Europa del euro, $ 2.5 bn. Europa empezó con las compras del BCE 7 años más tarde (marzo 2015), y tras los ajustes fiscales, los déficits quedaron a menos de la mitad que el 7.5% sobre PIB americano. En definitiva, tirar con pólvora de rey. La excepcionalidad americana y el privilegio $, explicado aquí. Frente a la algarabía americana, en el extremo opuesto, toda esa escrupulosidad alemana, anclada en principios—estabilidad presupuestaria e integridad fiduciaria del dinero—que impregnó la gestión de la crisis euro. Pudo ejecutarse desastrosamente, tarde y sin concebir el contexto- en palabras de Draghi, "la obsesión por reprimir la demanda interna"- pero no por ello, estar menos fundamentada. "Principios" lo son por algo. En la República de Weimar sufrieron fatídicamente las consecuencias inflacionistas de solapar políticas monetaria y fiscal. No vemos a EEUU apretándose el cinturón y menos con esta administración del MAGA tan "victoriosa". Ni a unos inversores extranjeros exultantes por financiar déficits sin límite —y esto antes de cualquier contracción económica. ¿Qué queda…? Monetizar o reestructurar deuda. América, el mayor deudor del mundo, lidera para reprimir al acreedor, el resto del mundo. Políticas de asistencia al mercado y a la financiación de déficits fiscales en un entorno cualitativamente distinto de inflación y tipos de interés-al 5%, y déficit al 7.5%, son un anatema—con razón. Y de obviarse, existe un precio a pagar altísimo: el privilegio dólar. América elige. *Fernando Primo de Rivera, autor de La economía que viene… (Editorial Arzalia). La guerra de Irán se prolonga más de lo esperado. Con suerte, la intercesión de China para su resolución pueda tener éxito. Pero falta que Trump deje la retórica bélica a un lado y asuma que el conflicto ha capacitado a Irán para capitalizar económicamente el tránsito del estrecho. Mejor un lavado de cara de última hora que arriesgar la destrucción mutua de la infraestructura básica del Golfo o el arrample de la economía mundial por hipotensión energética en sus arterias. La normalización de las cadenas de suministro llevará muchos meses. Los mercados de bonos han despertado ya al impacto en inflación, crecimiento, déficits, deuda: subidas de tipos de interés globales la semana pasada. Y a todo esto, los mercados bursátiles y de crédito corporativo por su cuenta compran la interinidad de la crisis y rondan máximos históricos, ebrios con el despliegue de IA.
América vive una ilusión de fiesta insostenible, salvo que rescinda su mayor privilegio
La cuestión crítica es si esas políticas de asistencia a mercados y déficits son viables en el entorno actual de inflación y tipos de interés, con déficits y deudas rozando máximos históricos. Y, sobre todo, a qué precio











