El desastre de Irán se suma al deterioro de las alianzas, la voladura de un orden internacional que beneficiaba a Washington, al desgaste democrático y del poder blando
Muchos analistas están subrayando en estos días, con razón, que la guerra ilegal lanzada contra Irán tiene todo el potencial de convertirse en una hemorragia para Washington. Pero, aunque muy grave, es solo el enésimo episodio de una acción autodestructiva serial y sistemática. Trump lleva 14 meses lanzando desde la Casa Blanca bolas de derribo terribles en mil direcciones: casi todas ellas prometen regresar al punto de partida para destrozar al atacante....
El primer aspecto fundamental del golpe autoinfligido a la primacía de EE UU es la destrucción del formidable entramado de alianzas que Washington construyó, con consenso bipartidista, a lo largo y ancho del mundo durante ocho décadas. Ningún aliado se fía ya de la Casa Blanca. Muchos ponen buena cara al mal tiempo por temor a quedarse desamparados de repente —pero todos se están organizando para no depender nunca más tanto de EE UU—. En público, muchos líderes optan por la contención, pero en privado, quien escribe estas líneas ha oído palabras relevantes que atestiguan un nivel de desconfianza extraordinario hacia Washington desde sectores nominalmente filoestadounidenses. La lógica subyacente es que hay que reducir los riesgos de la dependencia de Washington como hay que hacerlo con China, en una asombrosa equiparación política.






