El empantanamiento de las negociaciones entre Washington y Teherán abre nuevas amenazas de inestabilidad cada día que pasa
Las negociaciones de paz que no terminan de arrancar entre Estados Unidos e Irán, con la reapertura del estrecho de Ormuz como objetivo más urgente, han entrado en un tiempo muerto indefinido. La consecuencia, cada día que pasa, es la prolongación del paulatino pero constante estrangulamiento del corredor de los hidrocarburos de Oriente Próximo y, con él, la posibilidad de una recesión mundial. No ha...
y señales de un mínimo acuerdo que permita no ya una imposible vuelta a la normalidad, sino al menos la reapertura del flujo del petróleo por el estrecho. Este silencio coyuntural de las armas puede generar una impresión de cese permanente de las hostilidades. Sería ilusorio, y peligroso.
Un factor que explica la parálisis es que Israel ha dejado fuera de la ecuación de la paz al Líbano y bajo el pretexto de combatir a Hezbolá, la guerrilla armada proiraní omnipresente en el país mediterráneo, continúa los bombardeos contra infraestructuras y edificios civiles, y avanza sin resistencia en su proceso declarado de ocupación por la fuerza del 10% de territorio libanés. Es evidente que el régimen de Teherán ha sobrevivido al descabezamiento de su cúpula y ha redoblado la violenta represión interna. Además, está obteniendo un respaldo cada vez más abierto de Rusia, superpotencia nuclear que recibe un significativo suministro de drones iraníes para su campaña en Ucrania. La recepción en Moscú al ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchí, por parte de Vladímir Putin va mucho más allá de lo simbólico.







