Jorge Freire

Actualizado 22/05/2026 - 01:39h.

Sabemos por Hobbes que el Estado es un artefacto, una construcción técnica, ensamblada con piezas dispares, del lenguaje a las leyes, pasando por la obligada (y nunca mejor dicho) coerción. En el exordio de 'Leviatán' afirma que, de todos los autómatas –esto es, «máquinas que se mueven por sí mismas mediante resortes y ruedas, como un reloj»–, el Estado es el más complejo de todos. El gobernador, según este modelo, es una suerte de jefe de máquinas que, en vez de encarnar una voluntad trascendente, se limita a que no salten los pernos y los tornillos y el armatoste no se venga abajo.

Lo que Hobbes no contemplaba era la posibilidad de que el Estado fuera soltando piezas propias y encargándolas fuera, como quien manda reparar la caldera al manitas de la esquina. Con la excusa de la digitalización, algunos Estados han permitido que ciertas funciones que antaño se guardaban bajo llave, como la seguridad o la gestión de datos, pasen a manos de empresas privadas. Y estas, por lo general, no se limitan a suministrar recambios, sino que fabrican el propio cuadro de mandos, sugieren hacia dónde debe girar la aguja y, de un tiempo a esta parte, pretender decidir qué cuenta como avería y qué como ruido de fondo, so pretexto de que la máquina siga funcionando; o incluso que, llegado el caso, empiece a mandar ella sola mientras el jefe de máquinas finge, con notable profesionalidad, que sigue al mando.