La sabiduría de las abejas, hormigas y arañas. La predisposición de la gente al error. El modo en que un elefante duerme contra un árbol. El hecho de que en la Antigüedad ciertas personas decidieran volver a la cama si habían estornudado al ponerse un zapato. El dato de que Cristo nunca hubiera reído. La peculiaridad de que las anguilas muertas no floten. La superstición de creer que freír el ojo izquierdo de un erizo en aceite puede procurar el sueño. La causa del trueno y la antipatía entre un sapo y una araña. ¿Quién se acordó de recopilar esas cosas maravillosas con ilegible letra de médico?Justamente él, el inglés Thomas Browne, consagró algunos de sus mejores párrafos a no olvidar estas curiosidades y al deseo de tantos de ser recordados, a la esperanza de que nuestros nombres vivan largamente, y a la desaforada desesperación por ser reconocidos. Nacido en 1605 -mientras Shakespeare empezaba a hacer las valijas, Browne arrancaba con los palotes-, murió en 1682 y se lo sigue leyendo hoy, tres siglos y medio después. La ironía de la serena y segura supervivencia de quien se dedicó a estudiar reliquias no puede pasarse por alto.Siendo un clásico extraño, lateral, con Browne se ha producido un consenso casi sobrenatural de magníficos lectores, sobre todo teniendo en cuenta su ineludible anacronismo, los recónditos asuntos de su interés y su peculiar estilo: Poe, Emerson, Melville, Stoker, las poetas Emily Dickinson y Marianne Moore (las dos nunca lejos de jardines, insectos y animales), Charles Lamb, Coleridge, Larbaud, De Quincey, Pater, Stevenson, Saintsbury, Shiel, Gosse, Strachey, Forster, Praz, Connolly y Woolf. Borges le dedicó un ensayo y tradujo fragmentos. A Roberto Calasso lo hizo tesista esotérico, W. G. Sebald lo novelizó sacando a pasear su cráneo y Javier Marías lo reversionó con apolillada fidelidad. Todos ellos fueron atónitos y agradecidos subrayadores de Thomas Browne.Muchos otros lo adoraron, pero nadie puede disputárselo: su parcial transparencia es inapresable. La descendencia -tema de su interés; tuvo, además diez hijos- la constituyeron esos fervientes seguidores y está asegurada (si estuviera garantizada la continuidad del papel y la ausencia de papelones nucleares). Los que lo descubran este primer año de nuestro segundo cuarto de siglo, estarán llegando tarde pero Browne espera sin relojear agujas y su intacta lucidez pondrá en hora a cada reciénvenido. La excelente traducción de Tratados sobre muerte y naturaleza no sólo mantiene la edad -cierto desfase- del original; en el mismo gesto lo vuelve más permeable. El tomo incluye Urnas sepulcrales y El jardín de Ciro, en versiones de Angela Signorini y Pablo Maurette.Thomas Browne era de una modestia ejemplar, sostenida en su innata afición al secretismo. Fue un adelantado que se aventuró, con capa, botas y abrigo, en terreno incógnito y forjó un género propio. Es acertada la apreciación del estudioso italiano Mario Praz: “Gracias a Religio Medici él es uno de los iniciadores del ensayo moderno; sobre los moldes de Montaigne y Bacon, fue de los primeros en explorar la entonces mal conocida región del ‘yo’ cotidiano, ese ‘yo’ sede de fugaces pensamientos, de singularidad de gusto y sentimiento que los escritores precedentes no creyeron que merecía ser recordado por escrito”.Ni alegre ni tristón, de pocas palabras, Browne se sonrojaba fácil. No soportaba el ocio. Lo tentaba apilar oraciones, entrar en un ritmo binario, en montajes que cortejan lo ilógico. No es improbable que sea de él, más que de un ensayo de Leo Spitzer sobre la enumeración caótica, que Borges haya adoptado el listado o el inventario como método: el conteo secuencial de extravagancias dispares.En Urnas sepulcrales, Browne evoca “aquella urna romana conservada por el cardenal Farnesio, en la que, además de gran número de gemas con cabezas de dioses y diosas, se hallaron un mono de ágata, un grillo, un elefante de ámbar, una bola de cristal, tres vasos de vidrio, dos cucharas y seis nueces de cristal”Thomas Browne inventó, entre otros, términos como antediluviano, electricidad, alucinación, incontrovertible, literario, medical, precario. Llamó jeroglíficos a ciertos fenómenos de la naturaleza. Un geómetra en prosa, en El jardín de Ciro se detiene en las formas de las hojas, en las proyecciones de sombras en un jardín, y alaba a la sagrada letra equis y cuenta que deriva de la figura de la cigüeña: “Los antiguos utilizaron mucho el orden quincuncial, pero escribieron poco al respecto; y los modernos no agregaron nada. Quien lo observe con atención y considere su forma cuadrada de rombo y decusación, con todas sus ventajas, misterios, paralelismos y simbología, tanto en el arte como en la naturaleza, discernirá fácilmente la elegancia de esta ordenación”. (El orden quincuncial es la figura del cinco de los dados; a Browne le hubiera causado gracia que a veces a estos pequeños cubos algunos jugadores graves los llamen "huesos"). Lo dominaba ese ánimo amateur de excéntrico inglés que cultivarían su colega contemporáneo John Aubrey y sus sucesores Samuel Johnson –que le consagró a Browne su única biografía sobre un prosista– y John Ruskin. Y esa pasión por la materialidad y tangibilidad del mundo verde e ínfimo que más tarde retomarían Thoreau, Hudson, Fabre y aun Annie Dillard. En su profundo estudio Thomas Browne and the Writing of Early Modern Science, Claire Preston insinúa que pujan dos pulsiones en Browne: hacia el orden y hacia la deriva; hacia la colección -lo declara un pionero del artista Joseph Cornell- y hacia una narración contemplativa y de investigación. Preston dirime el dilema sentenciando que "su mente es más bella que su prosa". Políglota, enciclopedista y miniaturista, lo cierto es que en sus párrafos Thomas Browne operaba un milagro: podía ser sentencioso con gracia; sabía sonar medio altisonante y enseguida gnómico. A veces, de hecho, se lo oye como a un pastor religioso inspirado y bonachón. Fue un ejemplo supremo de una obra que sin buscarlo actuó de correctivo anticipado de muchas otras. Desbordaba de diplomática y elegante irreverencia; la de quien se roba una cruz sin hacer ruido, la de quien se la lleva para estudiarla con lupa y devolverla a su clavo, no para prenderla fuego o enterrarla.Tratados sobre muerte y naturaleza, Thomas Browne. Trad. Angela Signorini y Pablo Maurette. Prólogo de P. Maurette. Ampersand, 220 págs.Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOLiteratura
Andanzas de un médico nada calavera: Thomas Browne
En nuevas y excelentes traducciones, Tratados sobre muerte y naturaleza, de Thomas Browne, incluye los imperdibles ensayos Urnas sepulcrales y El jardín de Ciro.









