La muerte es un ocultamiento. Pues la muerte es siempre la muerte de otro. La muerte es un cambio de sensibilidad, de ahí que la muerte en primera persona no exista. Eso dice el Macedonio Fernández metafísico, cuando me llega la noticia de la muerte de Agustín Andreu a los 97 años. En la India se dice que toda persona nace con tres deudas. Una con los dioses, que se paga mediante las ofrendas y la devoción; otra con los padres, que se paga cuidándolos en la vejez; y una última con el maestro, que nunca se paga pues es impagable. Agustín Andreu fue el último de mis maestros. Gracias a él me reconcilié con la metafísica occidental después de 20 años sumergido en la corriente filosófica del budismo, el vedānta y el tantra. Gracias a Andreu conocí a fondo a Leibniz y a Spinoza, a Jakob Böhme, del que fue el primer traductor en español, y a tantos otros metafísicos que le fascinaban como Brentano, Lessing y Ortega y Gasset. Empecé a visitarlo casi semanalmente en 2006 en su piso-biblioteca de Campanar, un barrio periférico de Valencia. Allí se recluían en un pequeño despacho y allí dialogábamos bajo la luz mortecina que filtraban las persianas. Andreu tenía una sensibilidad extraordinaria para el pensamiento oriental, pensaba que la cultura judeocristiana había errado en su antropología y era muy receptivo a las intuiciones indias sobre la naturaleza de la existencia.Agustín Andreu ha trazado en los últimos 40 años el itinerario de otra Ilustración que, partiendo del Renacimiento y mediante Spinoza, Leibniz y Lessing (sobrevolando a Kant y Hegel), desemboca con Schelling y Krause, en Brentano, Dilthey y la razón vital orteguiana. Sus ya legendarias traducciones de Böhme, Lessing y Shaftesbury, autores casi desconocidos entonces en nuestro país, acompañados de estudios y monografías, han tenido esa intención. De su obra destacaría los tres volúmenes del Leibniz latino (el científico): Methodus Vitae; Los Estudios filosóficos y teológicos de Lessing, la Antropología de Shaftesbury: Crisis de la civilización puritana y El cristianismo metafísico de Antonio Machado (Pre-Textos), así como sus numerosas publicaciones sobre la obra de María Zambrano, de cuya fundación era presidente de Honor. La filosofía es la manía de cada cual y la de Andreu se expresaba en sideraciones. Publicadas en ocho volúmenes, el último de los cuales, inédito, circula entre sus amigos. Un género literario donde plasmar genuinas intuiciones filosóficas. De una de ellas surgió Elogio del asombro (Pre-Textos), una serie de conversaciones con este cronista.Agustín Andreu ha sido, ante todo, un hombre bueno. Un audaz filósofo y teólogo, que no dejaba de ofrecer generosamente fogonazos de luz que hicieran posible una “inteligencia de la vida”, como le gustaba decir. Andreu estudió teología en Roma y se especializó en la patrística oriental. Allí trabó una profunda amistad con María Zambrano, cuya correspondencia publicó la editorial Pre-Textos (Cartas de la Pièce), para luego abandonar el sacerdocio, casarse, y dedicar su vida a la investigación de la “otra ilustración”, bajo la premisa de que la ilustración dominante había sido un inmenso error que había llevado a nuestra civilización al siglo más sangriento de la historia. Andreu buscará un nuevo logos, inextricablemente unido al Espíritu. Un logos que permita ver la unidad real de lo aparentemente diverso y aun opuesto. Para experimentar esa unidad no son necesarios los psicodélicos, basta con la amistad y la filosofía. Andreu comandó durante años un grupúsculo de espíritus afines, una escuela autárquica de insurgentes que ejercían, cada uno a su manera, la difícil tarea de la libertad. Y lo hizo desde la república del Zambuch, fundada junto a su mujer, la también escritora Isabel Sancho. Una universidad informal de verano que fue al mismo tiempo un refugio para ciertos proscritos de las academias y las iglesias. Un espacio vedado al servilismo y sus conventículos, a las pleitesías institucionales y la apatía burocrática. Algo parecido a los círculos de amigos que reunía Spinoza a las afueras de Ámsterdam, a los cenáculos de los jóvenes poetas del Martin Fierro, y a todos esos encuentros periféricos en los que la fraternidad de espíritu hace aflorar un sentimiento de lo sagrado.La fascinación por la persona y la obra de Agustín Andreu no ha dejado más salida que la atracción magnética o la defensa estremecida. Amante de la percepción, esposo de la contemplación, exiliado de la ferocidad arribista, autoexcluido del servilismo académico, su marginalidad ha hecho posible una obra extraordinaria. Andreu ha logrado librarse del sueño sin traicionarlo, se ha sumergido en él sin reservas ni protecciones. Ha arriesgado una voz propia, un magisterio y una complicidad que va más allá de las palabras. Sus silencios, su sonrisa, su mirada cómplice y jocosa nos acompañarán siempre.
Muere Agustín Andreu, audaz filósofo y teólogo, maestro, hombre bueno, a los 97 años
Esposo de la contemplación, exiliado de la ferocidad arribista, autoexcluido del servilismo académico, su marginalidad ha hecho posible una obra extraordinaria








