A las puertas del XL Descenso de Nabatas por el río Cinca, el Sobrarbe vuelve a mirar al agua para reencontrarse con un oficio duro y peligroso que marcó la economía y la vida de sus valles durante siglos, en una edición significativa por el cuarenta aniversario de la recuperación de esta tradición.
Los nabateros tripulan con remos estas grandes barcazas de madera formadas por troncos atados con ramas de sarga trenzada que se utilizaban transportar madera desde los bosques del Sobrarbe hasta las tierras bajas. Este oficio entró en declive a comienzos del siglo XX por la construcción de presas y centrales hidroeléctricas que alteraron el curso de los ríos y, a su vez, facilitaron el transporte por carretera.
Sin embargo, la pobreza que trajo consigo la Guerra Civil provocó un resurgimiento del oficio y motivó el aprendizaje de nuevos nabateros, especialmente en Puyarruego y Laspuña. Posteriormente estos “aprendices” formaron la Asociación de Nabateros del Sobrarbe para la conservación de este oficio y recrear desde 1983 los descensos recreativos de forma simbólica.
Pero para quienes forman parte de esta entidad, la jornada va mucho más allá de un evento festivo. Javier Garcés, vicepresidente de la Asociación de Nabateros del Sobrarbe, recuerda que su relación con las nabatas comenzó con 18 años, cuando se sintió atraído por las personas mayores que montaban las nabatas y aprendió a manejar la embarcación “con las indicaciones de los antiguos nabateros”.






