Construida en la segunda mitad del siglo XIX, la Bassa Nova (balsa nueva) de Reus tenía una función muy específica: almacenar agua para regar los campos circundantes y proveer también a las viviendas de esa zona del Camp de Tarragona. Con el tiempo, la cercanía del agua hizo que el entorno de la balsa se fuese transformando en zona de recreo. Sin embargo, a mediados del siglo XX, la mina que alimentaba la balsa quedó en desuso. A partir de ahí, la infraestructura perdió su función y ese espacio de ocio, cercano al centro urbano, comenzó a degradarse. Hoy, el estudio de Reus Gallego Arquitectura ha transformado la antigua balsa en un espacio público, un lugar de juego, memoria y concienciación cívica. ¿Cómo lo han hecho? Conectando la antigua bassa con el Paseo de la Boca de la Mina que conducía hasta ella. La intervención de los arquitectos no solo recupera una infraestructura con valor patrimonial, también es capaz de transformar su uso respetándola. Así, homenajeando su función original, el agua está presente en el nuevo espacio. Es una presencia simbólica: una lámina de 15 centímetros de profundidad que se extiende a lo largo y ancho de los 676 metros cuadrados de la balsa. Para conseguir ese efecto sin dañar la antigua intervención, los arquitectos propusieron desmontar el pavimento cerámico original, hecho de baldosas cuadradas de 23 por 23 centímetros que, una vez restauradas, se colocaron en los espacios contiguos a la balsa. Así, con el fondo libre de pavimento cerámico, idearon un sistema de encofrado perdido sobre pequeños pilares que rellena el depósito, elevando la superficie del agua estancada sin emplear hormigón armado que dañaría la infraestructura. Rebajar la profundidad, de los dos metros originales a los 15 centímetros actuales, era clave para la seguridad del nuevo parque. Junto a la acequia que alimentaba la balsa hay ahora una pasarela de barras redondas corrugadas. Ese puente permite el acceso al tiempo que informa sobre la profundidad original del depósito y sobre la llegada del agua a la balsa.El perímetro del solar se ha urbanizado. Ahora, pequeños muros de contención, que salvan el desnivel del terreno, funcionan como gradas, es decir, como asientos, al pie del camino. En parte de esas gradas ha brotado un jardín. Los arquitectos lo han diseñado empleando una vegetación de plantas aromáticas mediterráneas —como el romero o la lavanda—. Para conseguir sombra en la pérgola, han elegido plantas trepadoras y la suma de siete plataneros centenarios, que también construyen un puente con el pasado del lugar. Para la valla que rodea el depósito, los arquitectos emplearon el mismo recurso que para la pasarela junto a la acequia: redondos de acero corrugados puestos en vertical. Aquí las barras funcionan limitando el acceso sin impedir la visibilidad. Este mismo material —económico y típico de las zonas agrícolas—, está empleado en las barandillas y en la pérgola. Por eso el lugar adquiere, además de coherencia en el diseño, la tonalidad del barro del campo. Al llegar a la balsa, una fuente da la bienvenida. Mesas y bancos de obra acogen al visitante. Hiedras y buganvillas construyen sombra. El lugar se ofrece así para paseos, comidas campestres o descanso. Los plataneros enmarcan todavía ese espacio público, un lugar que han visto transformarse a lo largo de los siglos.