El primer domingo de septiembre, un ciento de personas procedentes de muchos municipios de Ourense, o de Madrid, o de Barcelona, o de Ponferrada, viajan hasta un punto señalado en el descomunal paisaje del sureste de Galicia por una capilla y un camposanto. El lugar se deja abrazar por las montañas de la Serra Seca (1.100 metros de altitud), eterno camino a Castilla, y por el Parque Natural do Invernadoiro (1.550 metros). Allí veneran (de forma adelantada respecto al santoral) a su patrón, San Martiño; visitan lo que queda de sus muertos; y festejan que Veigas de Camba, su querido pueblo engullido por el agua del Embalse das Portas hace ya más de medio siglo, en 1974, sigue vivo en la memoria colectiva.
Van ya por la tercera generación (o la cuarta, porque algunos de los vecinos tuvieron que mudarse con más de 80 años) pero el apego a la tierra expropiada por orden de la Comisaría de Aguas del Norte de España a partir de 1971 no flaquea. Siguen visitándose cuando alguno está enfermo, y citándose en fiestas y sepelios. Y si no, que se lo digan a Teresa Martínez, que a sus 90 años ya no se siente en forma para acudir a las romerías, pero “¡a los entierros, maldita sea, vaya si va!”, exclama risueño su hijo, Miguel López: “¡No se pierde ni uno!”.






