Rusia entra en factura de guerra. Al encaminarse al primer lustro de enfrentamiento militar con Ucrania, Vladímir Putin sostuvo que el Kremlin podía librar una contienda bélica larga y, al mismo tiempo, mantener su economía en un estado de estabilidad. En los albores de la invasión, la resistencia del rublo a las sanciones occidentales, el aumento de las exportaciones energéticas hacia Asia y el empleo de buques fantasma para negociar el precio del barril del petróleo y gas siberiano al mejor postor o la catapulta del gasto militar sobre el dinamismo del PIB parecían demostrar que el Kremlin había encontrado una fórmula inesperadamente eficaz para soportar el veto del G-7 a usar el dólar como divisa en las transferencias internacionales o la vigilancia y el tope de venta del crudo que las potencias industrializadas le exigieron con posterioridad.
Pero las primeras señales de fatiga empiezan a aparecer. Y lo hacen en el peor momento posible para Moscú. The Economist acaba de certificar, por medio de un rastreador de guerra nutrido con sistemas satelitales que detectan en tiempo real la actividad bélica y los trasladan a mapas del Institute for the Study of War (ISW), que el ejército ruso encadena pérdidas territoriales en Ucrania “por primera vez desde octubre de 2023”, después de varios meses en los que su ofensiva se había estancado. Una señal que corroboraría la escasa presencia de vehículos y armamento pesados y los pobres fastos del Desfile de la Victoria de 2026 en la Plaza Roja y que podría desvelar una inclinación de la iniciativa militar en favor de Kiev. A pesar del enorme coste humano desplegado por el Kremlin.











