Junto a algunas pistas de pádel, los golpes de las raquetas se escuchan hasta cerca de la medianoche. Muchos gimnasios y piscinas han ampliado sus horarios porque sus usuarios son cada vez más madrugadores o acuden a horas que solían estar reservadas al hogar o a los pubs, y las plataformas de streaming reproducen automáticamente un capítulo tras otro de sus series con la intención de engancharnos hasta la mañana siguiente. El batch cooking también suele practicarse por las noches y quienes ejecutan rutinas de skincare lo hacen justo antes de acostarse, añadiendo pasos a un ritual que se alarga. Aunque hoy muchos trabajos obligan a estirar la jornada hasta la madrugada o a estar siempre disponible, muchas otras actividades cotidianas —también las relacionadas con el ocio— están invadiendo los momentos tradicionalmente destinados al descanso. Si hace algunos años lo único que nos quitaba el sueño eran los horarios desorbitados del prime time televisivo, ahora varias industrias compiten con la televisión para arañar algunas horas al tiempo que solíamos pasar durmiendo. “El deterioro del sueño es inseparable del desmantelamiento continuo de las protecciones sociales en otros ámbitos”, sostiene el filósofo estadounidense Jonathan Crary en su libro 24/7 Capitalismo tardío y el fin del sueño. Frente a todos estos estímulos, en sociedades como la española, donde los casos de insomnio se han triplicado durante las dos últimas décadas, ha surgido también otra industria —la del bienestar y el descanso— que ofrece noches reparadoras y sueños profundos. Por lo tanto, la batalla se libra entre dos fuerzas aparentemente opuestas, pero, en realidad, complementarias: una empuja a producir y consumir a todas horas y la otra convierte el descanso en un costoso objeto de deseo. Muchos hoteles ya enfocan su oferta al sleep tourism y despliegan tecnologías y terapias para conseguir que sus huéspedes duerman allí como en ningún sitio (y que, de paso, aprendan algunos buenos hábitos). La cadena Equinox, por ejemplo, ofrece en diferentes ciudades The Sleep Experience: habitaciones de hotel dedicadas, solo, a dormir con profundidad y calidad (por 2000 dólares la noche). Según algunos estudios, la industria del “turismo de dormir” mueve ya unos 6.000 millones de dólares al año. Aunque se ha amplificado en los últimos años, el fenómeno no es tan nuevo y algunos hoteles de los Alpes, por ejemplo, llevan décadas ofreciendo somieres y camas especiales (a las que recientemente han añadido masajes o programas de nutrición y ejercicio). En realidad, la fórmula no difiere mucho de la que, por ejemplo, aprovechó Nietzsche en aquella habitación en Sils Maria donde escribió muchas de sus obras: aire puro, silencio, pocas distracciones y paseos estrictos para llegar a la cama (o al escritorio) con la mejor disposición. De lo que se trataba en aquel pueblo suizo era de descansar para escribir más, como ahora buscamos reincorporarnos al trabajo con fuerzas renovadas. “El sueño es una interrupción intransigente del robo de tiempo que nos inflige el capitalismo. La mayoría de las necesidades aparentemente irreductibles de la vida humana, como el hambre, la sed y el deseo sexual han sido transformadas en formas mercantilizadas o financiarizadas. El sueño es una necesidad humana y un intervalo de tiempo que no puede ser colonizado; por lo tanto, permanece como una anomalía incongruente y un lugar de crisis”, continuaba el profesor Crary en su ensayo. En 2026, parece que esto está cambiando. Una industria para que descanses y una batalla contra el sueño La resting rich face o “cara de rica descansada” es un fenómeno viral que ha llenado las redes de trucos de maquillaje que producen en la piel el efecto de haber disfrutado de un sueño reparador o de unas buenas vacaciones, eso sí, sin que la persona que lo luce haya descansado realmente ni un segundo (porque, claro, tampoco es rica). Lo cierto es que la clase social está muy relacionada con el acceso al descanso, y, de hecho, en la novela Las buenas noches, de Isaac Rosa, el insomne protagonista elabora una lista de consejos para dormir bien con puntos como: “Consiga mejores condiciones laborales y una subida salarial” o “no pague por su alquiler o hipoteca más de un tercio de sus ingresos”. “En tiempos de desigualdad creciente, el descanso, y en particular el dormir, también es un asunto de poder adquisitivo y va por barrios (podríamos cruzar en cada calle los datos de renta familiar con los de consumo de fármacos para dormir, y hasta con las métricas del sueño esas que tanta gente mide)”, explica a ICON el propio Rosa. “Puede parecer contradictorio, porque al tiempo que el poco dormir se asocia con el éxito, el buen dormir se convierte en un lujo. Ninguna contradicción: el reverso del aspiracional club de las cinco de la mañana es la capacidad para acostarse temprano, y eso sí que es un lujo al alcance de pocos: acostarse temprano implica llegar al final del día sin tareas pendientes, y sin muchas preocupaciones (laborales, domésticas, familiares…). Madrugar más que nadie y a la vez dormir mejor que nadie son las dos caras de un mismo fenómeno”, continúa el escritor, que compara los problemas para dormir con otros marcadores de clase como la propensión a la obesidad o a la adicción a las pantallas. Por supuesto, tampoco el mito de las madrugadas productivas lo inventaron los bros y es que ya muchos intelectuales de los siglos XIX o XX consideraban que dormir era una pérdida de tiempo y una molesta interrupción de sus valiosos procesos creativos. Por ejemplo, Vladímir Nabokov escribió que “el sueño es la más imbécil de las fraternidades humanas” y que para él dormir era una “tortura mental envilecedora”. “Por muy agotado que me encuentre, el dolor que siento al despedirme de la conciencia me parece indeciblemente repulsivo”, lamentaba. El prestigio del sueño, por tanto, cambia entre generaciones y hasta entre grupos sociales y es que, como recuerda la periodista Anabel Vázquez, autora de Piscinosofía y especialista en viajes: “Para una generación decir que has dormido bien es definitivamente decirle al mundo que tu vida está en orden; y para otra generación decir que duermes poco y que tienes muchísimo trabajo todavía parece que está admitido, aunque eso está perdiendo muchísima fuerza”. Así que, como sucede con tantos otros fenómenos, a la hora de dormir, la sociedad crea antídotos contra el veneno que ella misma ha generado. Así lo resume Rosa: “Queremos dormir (y buscamos remedios de todo tipo) y a la vez no queremos dormir, o queremos dormir menos (y buscamos remedios). Consumimos masivamente productos para dormir y productos para estar despiertos, ansiolíticos y sustancias excitantes, melatonina y cafeína, todo en el mismo día. Y todo apunta a lo mismo: ser más productivos, tener más valor, con la esperanza de monetizarlo. El autocuidado (que de forma perversa ha ocupado el espacio en la conversación que antes tenía el cuidado), que es hoy un mandato social y económico, implica unas rutinas diarias (deportivas, de belleza, de relajación, de espiritualidad) que solo se consiguen robándole horas al dormir”. Unas vacaciones para dormir mejor Quien esté convencido de que lo que desea es dormir más, tiene muchas opciones, siempre que pueda pagarlas. Empresas como Melià o Four Seasons permiten comprar los mismos colchones, almohadas o juegos de sábanas que instalan en las habitaciones de sus establecimientos para que sus clientes tengan, en sus propias casas, la sensación de que descansan en un hotel. “A un cierto nivel de hotelería la buena cama se da por sentada, aunque muchos hoteles siguen sacando pecho con el tipo de camas que usan. Y es que el descanso, si pensamos en el mundo de los hoteles es como una gran amenity. Es como the ultimate amenity”, comenta Vázquez. La periodista y escritora ha podido probar algunos de esos retiros de sueño que se organizan en hoteles enclavados en parajes especiales o en antiguos balnearios. “Allí te hacen un análisis médico y te monitorizan el sueño. La conclusión suele ser que no tiene calidad, y es que este es uno de los grandes males contemporáneos comunes a todo el mundo, como el sedentarismo o la ansiedad. Lo que estos retiros proponen es diseñarte un programa que tú luego puedas llevar a cabo en tu casa. Yo, por ejemplo, aprendí en un Six Senses de Oporto las razones por las que hay que dormir con antifaz. También me dieron un pijama especial con una fibra de bambú que te regula la temperatura corporal y algunas consignas de sentido común, que ya sabemos que es el menos común de los sentidos, así que no las solemos cultivar. Tanto aquel, como otro en el SHA [hotel alicantino especializado en medicina preventiva] donde me analizaron, me sirvieron, y no es que yo durmiera bien allí, sino que me enseñaron cuál era mi tipo de sueño y me dieron pautas. Te ayudan porque el sueño dice mucho de nuestra vida: es como una radiografía de cómo somos, y en estos lugares te ponen un espejo delante”. Pero no es necesario que una estancia esté enfocada exclusivamente en la calidad del sueño para que este sea un factor importante durante unas vacaciones o un retiro. “La industria del descanso está muy unida a la industria del bienestar, que ha convertido a los retiros en uno de sus profetas. Hay retiros de todo y todos tienen en común que te prometen que vas a descansar bien, ya sea porque no hay wifi en todos los lugares o porque las actividades terminan muy temprano y defienden el vaciado de estímulos. Existen retiros de fertilidad, de escritura, de pilates, de silencio, etcétera. Y, en realidad, cuando alguien va a uno de estos sitios, lo que busca es una excusa para escaparse de su vida durante algunos días”, expone Vázquez. Que un descanso satisfactorio sea algo que solo podemos asociar a los días excepcionales de un retiro o de unas vacaciones bien planificadas puede considerarse un síntoma alarmante. “Efectivamente, para lograr descansar tienes que tener muchas necesidades básicas resueltas, por desgracia. El descanso, como la vivienda, que son derechos básicos, se han convertido en privilegios absolutos al alcance de pocos”, zanja la periodista. Además, Isaac Rosa tiene claro que “casi todos los remedios tienen algo en común: funcionan un tiempo, y pronto hay que aumentar la dosis o probar algo más fuerte, pues las causas del mal dormir no se resuelven”. El escritor, que habló con muchos insomnes y malos durmientes para preparar su novela, asegura que, aunque suene drástico, dormimos mal porque vivimos mal. “Para dormir bien hace falta una vida buena. Otra vida, como decía Battiato cuando le cantaba a todos esos días en que «por la tarde vuelvo a casa con un malestar especial» y «no sirven tranquilizantes o terapias», «no sirven excitantes ni ideologías», «se quiere otra vida»”. Parece que mientras no cambien los días, tampoco lo harán las noches.