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Durante miles de años, la papa ha sido mucho más que un alimento en los Andes. Antes de convertirse en uno de los cultivos más consumidos del planeta, este tubérculo fue clave para la supervivencia de antiguas poblaciones asentadas en zonas de gran altitud, donde el frío extremo, la escasez de recursos y las duras condiciones climáticas obligaban a encontrar fuentes para combatir el hambre.
Ahora, una investigación publicada en la revista Nature Communications sugiere que la relación entre los pueblos andinos y la papa fue aún más profunda: su consumo habría influido en la evolución genética de poblaciones indígenas del Perú, favoreciendo una mejor digestión del almidón, un carbohidrato que el organismo transforma en glucosa para obtener energía.
El estudio, liderado por científicos de Perú, Estados Unidos y Turquía, encontró que descendientes de comunidades quechuas peruanas poseen el mayor número conocido de copias del gen AMY1, vinculado a la producción de amilasa salival, una enzima que inicia la descomposición del almidón desde la boca.
La amilasa salival cumple una función sencilla, pero esencial: comenzar a descomponer carbohidratos complejos en azúcares más simples que luego pueden ser absorbidos por el organismo.











