El British Museum, en pleno coraz�n del londinense barrio de Bloomsbury, guarda m�s de ocho millones de obras y objetos que abarcan dos millones de a�os de historia humana. Entre esos muros, visitados cada d�a por unos 16.000 curiosos, laten las contradicciones de una instituci�n tan admirada como cuestionada. A cargo de ese gigante est� Nicholas Cullinan (Connecticut, 1977), que en apenas dos a�os de gerencia ha tenido que enfrentarse a crisis internas, debates pol�ticos y a una pregunta cada vez m�s urgente: �qu� lugar ocupan los museos en el siglo XXI?Cullinan lleg� al puesto tras dirigir la renovaci�n de la National Portrait Gallery y no esconde que su misi�n en Bloomsbury pasa tambi�n por un cambio que, dice, es m�s bien profundo. �S�, dir�a que hablar de transformaci�n ser�a lo correcto�, afirma con calma durante su visita a CaixaForum Madrid, donde el museo colabora con la muestra Soy Asurbanipal. Rey del mundo, rey de Asiria. Una calma y templanza a las que se aferra en las pol�micas y debates que llevan a�os ci�i�ndose sobre el museo. Expoliaci�n, legitimidad y pertenencia. Para saber m�sTres inc�gnitas y disputas que recaen, inevitablemente, en la nueva cabeza del British Museum. Para hacer mella en estos debates, argumenta, es necesario hacer un repaso a los or�genes del museo. Or�genes que se remontan al siglo XVIII y a un nombre: Hans Sloane, el naturalista y coleccionista cuya biblioteca, manuscritos, antig�edades y espec�menes de historia natural sirvieron como n�cleo fundacional del British Museum tras ser legados a la naci�n brit�nica en 1753. �El museo naci� para ser un recurso abierto�, recuerda. �Y desde el principio se pens� en una audiencia internacional. Esa vocaci�n global siempre estuvo que ah��. Hoy, esa idea de lo global tiene una traducci�n tangible: una red de colaboraciones internacionales de la que, dice Cullinan, casi nadie es consciente.La describe como �una operaci�n mundial� que, en parte, busca responder a las cr�ticas y debates en torno a la expoliaci�n. El director sabe que el debate sobre los M�rmoles del Parten�n -reclamados desde hace d�cadas por Grecia- o los Bronces de Ben�n, saqueados por tropas brit�nicas en 1897 y cuya restituci�n reclama Nigeria, sigue siendo el gran campo de batalla. �Intentamos ser honestos sobre c�mo llegaron esas piezas�, explica. �Y la gente lo agradece. El museo es, literalmente, un producto del imperio. Y no tiene sentido negar el pasado, ni para un pa�s ni para una persona�. La British Museum Act de 1963, sin embargo, impide la devoluci�n definitiva de la mayor�a de objetos, lo que deja poco margen de maniobra. Y con ese precedente, se lava las manos: �No es una decisi�n nuestra�, aclara. Y sentencia:�La ley nos lo proh�be�. Ante ese muro, propone una v�a intermedia: pr�stamos a largo plazo y proyectos conjuntos. �No podemos quedarnos quietos. Pero esto va m�s all� de la propiedad. Es una cuesti�n de compartir�. Las negociaciones con Grecia, revela, siguen abiertas. �Si logramos un avance, ser� positivo. Pero no pienso pasar 10 a�os esperando un cambio que quiz� nunca llegue. Prefiero hacer cosas que mejoren ahora�. Su ahora, de momento, consiste en mantener una relaci�n de colaboraci�n internacional.El aterrizaje de Cullinan en la direcci�n del museo se produjo tras el esc�ndalo que sacudi� la anterior gesti�n. En 2023, bajo la direcci�n de Hartwig Fischer, sali� a la luz una red de robos internos: un empleado, Peter Higgs, hab�a sustra�do miles de piezas para venderlas online. �Tuvo un impacto enorme�, admite Cullinan. �Es lo que ning�n museo quiere vivir, pero, aunque suene parad�jico, tambi�n trajo cambios positivos�. El m�s significativo ha sido la digitalizaci�n completa de la colecci�n. �Por primera vez estamos registrando cada pieza. Algunas llegaron hace m�s de un siglo y nunca se hab�an inventariado correctamente. En cinco a�os, todo estar� online. Ser� un recurso global�.Ese impulso reformista cristaliza ahora en su proyecto m�s visible: un ambicioso masterplan de remodelaci�n integral, valorado en 1.000 millones de libras, destinado a actualizar las instalaciones del museo. Pero la transformaci�n que plantea va m�s all� de lo arquitect�nico. �Se trata de pensar qu� puede ser un museo enciclop�dico hoy y c�mo seguir siendo relevante para todos�, explica.Esa ambici�n abre inevitablemente la cuesti�n de la financiaci�n. El plan depende en gran medida de fondos privados. Cullinan defiende mantener la entrada gratuita, aunque reconoce la presi�n creciente: �La financiaci�n p�blica baja y los costes suben. Es un desaf�o mundial�. En ese terreno, el British Museum no ha estado exento de controversia. En los �ltimos a�os, sus v�nculos con grandes patrocinadores -incluidas compa��as energ�ticas como BP- han generado cr�ticas y protestas por parte de activistas y parte de la comunidad cultural, que cuestionan la �tica de aceptar financiaci�n de industrias asociadas a la crisis clim�tica.Cullinan evita posiciones tajantes y apuesta por una l�gica pragm�tica: �Cada caso requiere reflexi�n, pero necesitamos recursos para seguir abiertos. Esa es la prioridad�. Entre dudas y tensiones, defiende el papel del museo con firmeza: �Seguimos siendo profundamente relevantes. Quiz� m�s que nunca�.En un mundo fragmentado, cree que su valor reside precisamente en ofrecer lo que escasea: un espacio com�n. �Un lugar donde se re�ne la historia de la humanidad bajo un mismo techo. Eso hoy es urgente�. Su aspiraci�n a largo plazo: cambiar el tono de la conversaci�n. �Quiero que el Museo Brit�nico se vea como algo positivo, libre de la tormenta de cr�ticas que nos acompa�a�.