La mujer lleva un taco de entradas en la mano. Ha subido acompañada de miembros del staff de producción y seguridad a la grada más alta del Palacio de los Deportes de Ciudad de México. Es un gigantesco domo con asientos de plástico rojo, naranja y amarillo y estrechos bancales de hormigón, construido para los Juegos Olímpicos de 1968. El concierto todavía no ha comenzado y, desde allí arriba, el escenario se ve bien: un ring redondo en mitad del estadio, pero cuando salga el grupo, serán miniaturas, figuritas que cobrarán personalidad solo en las pantallas. La mujer elige a dos chicas de apenas veinte años, arranca un par de los papeles que lleva entre las manos y les dice: “De Caifanes con amor, dos boletos para pista”.
Las muchachas, incrédulas, miran el papelito en sus manos, devuelven la mirada a la mujer, que les dirige una sonrisa encantadora, y abren la boca todo lo grande que pueden. Son todo boca, son todo ojos gigantes. “¿De verdad? ¡No mames!”, dicen. “¿Es una broma?”. No, no es ninguna broma, van a poder ver los rostros del grupo que adoran sin tener que imaginarlos, sin contentarse con la pantalla. Y ahora sí, ahora que ya se lo creen, chillan, se levantan de un salto y bajan corriendo las escaleras de la grada, tomadas de la mano.















