Dos suscriptores advirtieron en la zona de comentarios de un artículo mío anterior –en elpais.com el 8 de mayo, en la edición impresa el lunes 4– acerca del abuso que se está extendiendo entre nosotros con los verbos “odiar” y “amar”. Los firmaban Stefan Scheuermann, nombre que asocio con nuestro corresponsal cultural desde Alemania en los años noventa, y Juan Carlos Sanz, de quien deducimos que es profesor de inglés.Tienen razón. Tanto “odiar” como “amar” expresan sentimientos muy intensos, a veces obsesivos y a menudo irracionales. La definición de “odio” implica desear el mal; las definiciones de amor incluyen la entrega al ser amado. Pero leemos y oímos afirmaciones como “odio decir esto”; “odio el queso”, “amo los dulces”, “amo salir a caminar”, “odio que llegues tarde”, “amo el teatro”. No creo que estas expresiones se den en el habla popular, sino solo en las capas altas de la sociedad influidas por el inglés vulgar que nos llega con las series de EE UU (lo veo ahora en la protagonista de Poker face), en el que las afecciones humanas se reducen a hate (odio) y love (amor). Esa lengua dispone, entre otras, de opciones como to like (gustar, agradar…) o to enjoy (disfrutar); y en el sentido opuesto, to detest (detestar) o to abhor (aborrecer), pero cierta tendencia reduccionista favorecida además por las redes sociales está limitando allí todas esas emociones a solo dos, casualmente las más extremas.Eso conduce a empequeñecer el pensamiento, a confundir lo profundo con lo pasajero, lo intenso con lo tenue, la vehemencia con el sosiego.Ahora bien, estos usos de “odio” y “odiar” y de “amor” y “amar” no me parecen simétricos estadísticamente: abunda más lo primero. Resulta más fácil oír “odio el verano” que “amo el verano”, no porque nos guste menos el verano sino porque en general se emplea menos el verbo amar. La reducción se da más por ahí. El verbo “amar” se suele reservar en España para ocasiones muy elegidas. Ni siquiera al ser amado se le dice “te amo”. En el español de América sí aparece con mayor facilidad, pero aquí nos cuesta, sobre todo cuando hablamos con un tercero. No confesamos “la amo”, “le amo”. Preferimos “le quiero”, “la quiero” o “me gusta mucho”. En el terreno de los afectos menores, la lengua nos ofrece “simpatizo con”, “me agrada”, “me atrae”, “me gusta”, “me cae bien”... ; y por debajo del odio hallamos lo que detestamos, nos contraría o disgusta, el rechazo, la aversión, la ojeriza, la manía... Hay matices y precisión en la escala.En las redes, la idea de odiar progresa a partir del anglicismo haters (odiadores), que tanto se usa para designar a los reventadores, gamberros, maleducados, envidiosos, amargados –sean crueles o solo ignorantes– que escriben ofensas y causan dolor a sus víctimas. Sin embargo, parece probable que la mayoría ni siquiera tenga la condición literal de persona: quizás se trate de bots programados para atemorizar, formar gresca, producir tráfico o dar una apariencia de opinión pública. (Hay millones, amparados en el anonimato que fomentan las plataformas). Algunos sí odian, pero conviene no caer en la trivialización de reducir todo a “amar” y “odiar”, sino reservar estos verbos para las actitudes y sentimientos de quienes, en el primer caso, se ofrecen con pasión a una persona, a una causa; o para quienes, en el extremo opuesto, desean acabar físicamente con alguien o con algo, o producirle un gran daño. Cuando amamos andar en bicicleta, quitamos importancia al amor de verdad, el que implica esa entrega al otro. Y si decimos “odio las alcaparras en el salmón ahumado”, banalizaremos el verbo “odiar” y contribuiremos con ello a desactivar la alarma que lleva dentro.