Entre los lugares comunes del culto al tirano y la ultraderecha está el amor a España, pero Franco quiso aniquilar a la mayoría del país, como hoy sus seguidores exaltan la intolerancia y atacan a sus conciudadanos
El amor a la patria, esa abstracción, también engendra odio visceral a la misma. Y en el caso de Francisco Franco pesó más lo segundo que lo primero. Un odio frío y sujeto a sus más primarios instintos. Ausente de cualquier rastro de piedad y que no conviene olvidar en este 50º aniversario de su muerte. Sobre todo, porque ese ambivalente sentimiento parece volver a imponerse en una parte minoritaria, pero nada desdeñable de la población, mediante opciones renacidas de ultraderecha....
En cuanto tenía ocasión, el dictador declaraba ese supuesto amor a una idea más bien impostada. Sin embargo, los hechos demuestran lo contrario: Franco nos odiaba. Y toca ahora como nunca ponerlo de manifiesto para empezar a desmontar tópicos que calan entre algunas capas de votantes. Cuando creíamos que las democracias occidentales estaban de sobra asentadas en Europa, el fascismo renace con un nuevo ímpetu. Conquista sectores en aquellos países donde más lo sufrieron. Incluso por elección -es decir, decantándose masivamente por esas opciones, como en Italia y Alemania- en un bumerán siniestro que ennegrece y nubla de nuevo nuestro futuro.










