Las lectoras y los lectores escriben sobre la erosión del término “fascista”, compartir las labores domésticas, el desconocimiento que rodea al VIH y las nuevas puertas de la catedral de Burgos

Manuel Vicent afirmó con tino que “a Franco habría que sacarlo de los cerebros de los españoles”. La referencia constante al dictador ha sido un comodín para eludir debates de fondo. En el juego político, se activa el “que viene el lobo”, vinculando cualquier discrepancia con un presunto retorno del fascismo. El uso inflacionado del término “fascista” ha erosionado su significado y ha desatendido los problemas reales. La táctica ha generado un efecto bumerán: la figura de Franco, convertida en símbolo prohibido, ha despertado curiosidad e incluso atracción en jóvenes que desconocen la tragedia histórica. Así, lo que pretendía ser un aviso político ha terminado reavivando aquello que se buscaba desactivar.

Aitor Idoyaga Uribarrena. Portugalete (Bizkaia)

Me llama mucho la atención como en tantas casas se sigue escuchando la frase “mi marido me ayuda mucho”. Uno “ayuda” cuando la responsabilidad es de otro. Pero en un hogar, ¿la responsabilidad no debería ser compartida? Aun así, la realidad es que el reparto sigue siendo desigual, incluso cuando la mujer trabaja fuera tantas horas como el hombre, o incluso más. El lenguaje lo delata. Y no es un detalle menor. Decir “ayuda” es aceptar que la tarea principal nos corresponde por defecto. Es perpetuar la idea de que lo doméstico es cosa de mujeres y que los hombres, cuando ponen una lavadora, están haciendo un favor. Nombrar las cosas como son es el primer paso para cambiarlas.