Desde Cyrano de Bergerac hasta la actualidad han pasado muchas cosas, pero las declaraciones de amor se mantienen atascadas entre lo cursi, lo osado, lo desesperado, lo literario o lo vulgar

Pessoa escribió que todas las cartas de amor son ridículas. Raúl Zurita dijo que todo amor es urgente porque nos vamos a morir, aunque esta cita se ha traspapelado y se ha vuelto viral con una forma algo distinta: “toda declaración de amor es urgente”. Y, en cualquier comedia romántica, la declaración es la escena de mayor tensión y contenedora de frases lapidarias. Está claro que las declaraciones de amor no son solo una parte central del discurso amoroso, sino que también funcionan como catarsis que libera la tensión acumulada en películas contemporáneas y en obras de teatro, al menos desde el Renacimiento. Además, tanto las fórmulas y expresiones utilizadas, como la gravedad o la ligereza con la que se lanzan permiten asomarse a la psicología social de cada momento histórico y conocer cuáles eran entonces las ideas y los mitos dominantes respecto al amor.

Pero, sobre todo, la declaración es un problema íntimo y un ritual que atormenta a quien está enamorado y todavía no sabe si es correspondido. Estamos ante una urgencia con implicaciones variadas: logísticas, en el caso de los amores a distancia; económicas, si queremos que la declaración llegue acompañada de un buen regalo; ideológicas, cuando nos oponemos a poner nombre y por tanto reglas a un vínculo; y estéticas, porque asumimos que una parte del resultado de la declaración depende de la habilidad y la elocuencia con la que se enuncie.