Hace unos meses estuve con un chico. Una de esas relaciones líquidas, relaciones de sí pero no, de colegueo, y de todas esas infinitas formas de nombrar y que nos obsesiona a los jóvenes —o casi jóvenes como yo— hoy en día. En la despedida, en la penumbra del salón de su casa, a 400 kilómetros de la mía, me dijo: “Te beso aquí, fuera no me gusta que me vean”. Y en ese momento, me lo replanteé todo. ¿Vivimos realmente en una sociedad sana? ¿Plural? ¿Abierta a la diversidad? ¿Merezco yo, que me entrego libre y disponible, ser relegado a la sombra? ¿Es él libre de ocultar a quien le entrega su intimidad? Quizá. Pero comprendí que, aunque en parte es víctima, también es verdugo. Y decidí quedarme con lo segundo. Porque ya tenemos una edad. Porque la vida pasa. Y nadie, absolutamente nadie, merece vivir en lo oculto. Menos aún en una sociedad que presume de ser libre, diversa, plural… y está llena de banderas arcoíris. ¿O no?

Alberto Barranca Jiménez. Valencia

EE UU va a volver a debatir si es legal el matrimonio igualitario, algo que ya se creía conquistado. Por otro lado, esta semana hemos visto como el Partido Político Reformado de Países Bajos ha decidido no incluir a mujeres en sus listas electorales porque consideran que “las mujeres no tienen vocación política”. Es triste ver que, a día de hoy, hay gente que sigue pensando que las mujeres no pueden participar en política o que las personas homosexuales no puedan casarse. Pero tenemos que superar esa tristeza y esa rabia y luchar para que el machismo y la homofobia desaparezcan de una vez.