Los primeros informes sobre un virus nuevo y extraño que infecta a los seres humanos y provoca enfermedades y muertes siempre son alarmantes y suscitan preguntas urgentes. ¿Qué es esto? ¿Es verdaderamente algo nuevo, o una amenaza que vuelve, tan desconocida que parece nueva? ¿De dónde ha salido? ¿De los malvados murciélagos? ¿De los imprudentes virólogos chinos? Y luego está la pregunta que oyen demasiadas veces los expertos en virus, llena de ansiedad y una curiosidad perezosa y limitada: ¿hasta qué punto debemos preocuparnos? Las autoridades sanitarias hacen declaraciones de advertencia o con el propósito de tranquilizar. Los científicos se apresuran a investigar el virus inesperado. Y los demás —los ciudadanos corrientes— seguimos la noticia embebidos, leyendo las últimas informaciones y viendo los últimos vídeos. Los líderes políticos hacen declaraciones en las que demuestran mayor o menor ignorancia, fingen que entienden la situación y que la tienen bajo control. Pero es evidente que ni la entienden ni la controlan. Da miedo. Y es apasionante. En los años transcurridos desde la pandemia de covid, que pilló desprevenido al mundo y mató a siete millones de personas, este patrón se repite, cada vez más reforzado. “¿Es esta la próxima gran pandemia?”, se pregunta la gente. El brote de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius es el último caso de este tipo. Los hechos están claros. Según las últimas noticias, hay 11 casos confirmados y han fallecido tres personas (aunque estas cifras podrían cambiar en cualquier momento). El patógeno implicado es el virus de los Andes, uno de los hantavirus conocidos, que son docenas; se denomina así porque lo transmiten los roedores de la región andina de Sudamérica. El Hondius zarpó de un puerto del extremo sur de Argentina, con un itinerario que incluía visitar varias islas remotas del océano Atlántico para observar aves. El crucero de pesadilla terminó el 10 de mayo en Tenerife, en las Islas Canarias, desde donde los últimos pasajeros que quedaban en el barco fueron en avión a los Países Bajos, para luego continuar hacia sus respectivos países de residencia. Estos son los hechos, pero están rodeados de otros tres elementos: el drama, el peligro y las incógnitas. Entre las incógnitas hay muchos factores importantísimos. Por ejemplo, ¿qué origen tuvo la primera infección, que causó la muerte de un hombre neerlandés el 11 de abril? ¿Procedía de un roedor que estaba en el barco o en tierra? ¿Con qué facilidad se transmite el virus de los Andes de una persona a otra? ¿Puede contagiar una persona infectada antes de tener síntomas, o solo después? ¿Cuál es el periodo máximo de incubación del virus en humanos? ¿42 días? ¿Quién lo dice? ¿O quizá ocho semanas? ¿O es mucho más corto en la mayoría de los casos y más largo solo en unos cuantos? Y la última pregunta, que es la más importante: ¿con qué rapidez puede evolucionar el virus de los Andes? ¿Podría sufrir rápidas mutaciones y adquirir más capacidad de transmisión entre humanos, como pasó con el virus de la covid-19? Las respuestas a estas preguntas son: no se sabe, no se sabe, no se sabe. Y todas esas incógnitas hacen que sea más difícil distinguir entre los otros dos elementos: el drama y el peligro. Pero es importante intentarlo, porque no son lo mismo. Ni siquiera tienen una correlación positiva. El brote actual tiene un gran dramatismo. Muertes en alta mar. Unas vacaciones de lujo convertidas en una experiencia que puede costar la vida. Un asesino invisible que recorre los pasillos y camarotes de un crucero en el frío Atlántico Sur y ataca a unas personas pero no a otras, casi como el villano de una de esas novelas policiacas de Agatha Christie en una mansión rural. Unos médicos militares que se tiran en paracaídas sobre Tristán de Acuña. Entonces, el Gobierno de Cabo Verde se niega a dejar desembarcar a los pasajeros. Tenerife se ofrece y, desde allí, unos técnicos protegidos con trajes especiales trasladan a los pasajeros expuestos al virus a otros continentes para someterse a cuarentena, aislamiento o, como mínimo, observación. Todo esto evoca recuerdos de otro crucero, el Diamond Princess, que navegaba por el mar de China Oriental en febrero de 2020, con Covid-19 a bordo y sin ningún lugar donde atracar, mientras la angustia por la pandemia se extendía por todo el mundo. No extraño que las palabras “hantavirus” y “Hondius” hayan ocupado todos los medios de comunicación. Pero el grado de peligro es otra cosa muy distinta del elemento dramático y hay que analizarlo desde dos puntos de vista. En primer lugar, existe el peligro de que este brote del virus de los Andes, por ahora reducido, se convierta en una gran epidemia capaz de provocar miles de casos en algún país, o incluso en la próxima pandemia; que llene el mundo de desgracia y muerte en masa y cause un desastre socioeconómico, como hizo la Covid-19. Ese riesgo parece muy escaso. Los expertos más autorizados dicen que no, esta no es la próxima gran pandemia. Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Políticas sobre Enfermedades Infecciosas (CIDRAP) de la Universidad de Minnesota, lo ha asegurado: “Creo que el brote actual no es, en absoluto, una grave crisis de transmisión”. O, como dijo el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, en un mensaje del 9 de mayo dirigido a la población de Tenerife: “Necesito que me escuchen con claridad: esto no es otra covid”. Varios días después, en una rueda de prensa celebrada en Madrid, el doctor Tedros añadió: “Por el momento, nada indica que nos encontremos ante el inicio de un brote más amplio”. Por supuesto, lo que está claro en un momento dado puede cambiar un minuto después. Pero tanto la historia como la ciencia nos señalan que es improbable que haya un brote más general del virus de los Andes. Es verdad que es el único hantavirus del que se sabe que es transmisible entre humanos, pero nunca ha sido muy contagioso, como suelen serlo los peores (por ejemplo, el sarampión, el virus de la covid-19 y los virus de la gripe humana). En el continente en el que se originó ha habido más de un centenar de casos de hantavirus en humanos durante el último año, todos ellos en Argentina causados por la transmisión de roedores a humanos, sin que ninguno haya provocado un brote prolongado de transmisión entre personas. Pero hay otro peligro relacionado con el episodio del Hondius que debemos tener en cuenta: que nos asuste por su rápida letalidad, nos emocione con su dramatismo y nos distraiga de otras amenazas más graves y probables, las que representan otros virus. Quizá haríamos bien en temer que algún nuevo virus de la gripe (como la gripe aviar H5N1, que ha empezado a circular en tiempos recientes entre millones de aves silvestres y domésticas) pueda adquirir de repente las pocas mutaciones genéticas necesarias para convertirse en un asesino implacable de seres humanos. A lo mejor tendríamos que temer la aparición de otro nuevo y grave coronavirus, que tal vez reúna los peores aspectos del virus del SARS original de 2003 (gran letalidad) y del segundo SARS, el virus de la covid-19 (alta capacidad de transmisión). Quizá deberíamos preocuparnos por el nuevo brote (posterior a la alarma del Hondius) de virus del Ébola en una provincia del nordeste de la República Democrática del Congo, que ya ha causado 246 presuntos casos, incluidas 80 personas fallecidas. O deberíamos no olvidar que el sarampión, en una época en la que unos dirigentes políticos estúpidos animan al público a desconfiar de las vacunas, mató a 95.000 personas, la mayoría niños no vacunados, durante el año 2024. De modo que vamos a preocuparnos por lo que de verdad lo merece. El verdadero peligro para la salud humana no es un virus al acecho en un roedor argentino. Los verdaderos peligros son la ignorancia, la distracción y la indiferencia.
El verdadero peligro del hantavirus es la ignorancia
Más que a este mediático caso, haríamos bien en temer que algún nuevo virus de la gripe con pocas mutaciones se convierta en verdaderamente peligroso














