Las zoonosis emergentes, entre las que se encuentra el hantavirus, están más relacionadas con el cambio climático de lo que pensamos. El pasado mes de marzo, antes de que se produjera el brote en el MV Hondius, se publicó un estudio en la revista Environmental Research que analiza estas influencias, recopilando los datos de infección por hantavirus en Europa en el periodo de 2011 a 2021. El documento recuerda que investigaciones previas han vinculado el aumento de las temperaturas y los cambios en las precipitaciones con la dinámica de las poblaciones de roedores, la prevalencia de patógenos y la supervivencia del virus en el ambiente. Sin embargo, define como “limitada” la evidencia que vincula los aspectos climáticos, ambientales o de biodiversidad con el riesgo de infección humana por enfermedades específicas transmitidas por roedores, en particular para el hantavirus. En concreto, los autores explican la importancia del papel de la biodiversidad en las infecciones por este virus: “En particular, la riqueza de hábitats, ya que los cambios en la diversidad de los ecosistemas pueden alterar el riesgo general de incidencia de la enfermedad. Con base en estos hallazgos, proponemos una hipótesis para los principales brotes regionales de hantavirus que proporciona un marco para futuras investigaciones y el desarrollo de políticas basadas en la evidencia”. Precisamente, Alemania describió en su Anuario epidemiológico de enfermedades infecciosas de 2020 uno de los mecanismos que apunta ese estudio: cómo la disponibilidad de alimento y el clima pueden influir en la densidad de roedores reservorio. La publicación, elaborada por el Robert Koch Institut (RKI), instituto de investigación responsable del control y prevención de enfermedades, recoge 229 casos de hantavirus en 2020 y 1.535 en 2019. Esta fluctuación la atribuyen a la densidad de roedores reservorio, que se ve influida por factores climáticos y la disponibilidad de alimento. En concreto, menciona la Buchenmast, producción masiva de frutos de la haya, los hayucos, del año anterior. “Tras una débil fructificación del haya en 2019, la incidencia del hantavirus en 2020 fue muy baja”, señala el documento. Algunos árboles y arbustos no producen semillas todos los años en cantidades parecidas. En cambio, sincronizan su reproducción y, de vez en cuando, hacen una “supercosecha” masiva de semillas o frutos. Este fenómeno se conoce como masting y no solo afecta a los árboles, sino también a la fauna, la regeneración forestal e incluso a funcionamientos del ecosistema. Esta dinámica también se ha observado desde hace años en ecosistemas mediterráneos españoles. Un estudio publicado en Ecological Research analizó cómo los ratones de campo, Apodemus sylvaticus, interactúan con las bellotas en bosques de encina y alcornoque de la península ibérica. Los autores describen a los roedores como los principales depredadores de bellotas y señalan que las variaciones en las cosechas de estos frutos pueden afectar a las poblaciones de ratones durante la primavera y el verano siguientes. Aunque el trabajo no estudia directamente el hantavirus, sí aporta una de las bases ecológicas que manejan los estudios sobre zoonosis: más disponibilidad de alimento puede favorecer el aumento de pequeños mamíferos que actúan como reservorios de patógenos. Además, en España, el ratón de campo es uno de los micromamíferos más abundantes, presente en la totalidad del territorio peninsular, Islas Baleares, Ceuta y Melilla. En 2022, un grupo de investigadores de la Universidad de Valladolid y del Grupo de Investigación en Recursos Cinegéticos y Gestión de Fauna Silvestre confirmaba la presencia de hantavirus, arenavirus y ortopoxvirus en pequeños mamíferos de zonas agrícolas del noroeste de España, en concreto en Castilla y León. El análisis desarrolla que los tres virus están circulando en los pequeños mamíferos silvestres más abundantes de los ecosistemas agrarios, incluido el topillo campesino, el ratón de campo antes mencionado, el ratón moro (Mus spretus) y la musaraña gris (Crocidura russula). “Es la primera vez que se detecta hantavirus y ortopoxvirus en roedores en España, los principales reservorios y transmisores de estos virus”, explicaban los autores en ese momento. Todo ello encaja con el enfoque One Health, que entiende la salud humana, animal y ambiental como sistemas interconectados. La Organización Mundial de la Salud reconoce que alrededor del 60% de las enfermedades infecciosas emergentes que se registran en el mundo proceden de los animales, tanto salvajes como domésticos. “En las últimas tres décadas se han detectado más de 30 nuevos agentes patógenos humanos, el 75% de los cuales tiene su origen en animales”, advierten. En el caso del hantavirus, factores aparentemente lejanos entre sí, como las temperaturas, las lluvias, la producción de frutos en los bosques o la abundancia de pequeños mamíferos, forman parte de una misma cadena ecológica que puede acabar influyendo en el riesgo de infección humana. Las zoonosis emergentes, entre las que se encuentra el hantavirus, están más relacionadas con el cambio climático de lo que pensamos. El pasado mes de marzo, antes de que se produjera el brote en el MV Hondius, se publicó un estudio en la revista Environmental Research que analiza estas influencias, recopilando los datos de infección por hantavirus en Europa en el periodo de 2011 a 2021.