La pol�tica es aquello que pasa mientras lanzas alertas antifascistas: la en�sima derrota del PSOE de Pedro S�nchez en unas elecciones auton�micas, esta vez en la regi�n m�s poblada de Espa�a, as� viene a corroborarlo. Porque ese ha sido el eje narrativo de la izquierda andaluza durante una campa�a electoral que ha desembocado en su contundente derrota: Mar�a Jes�s Montero plante� las elecciones como un plebiscito sobre la continuidad de los servicios p�blicos y los partidos de extrema izquierda la secundaron, incluyendo a esa Izquierda Unida de cuyo l�der –Antonio Ma�llo– hubiera podido esperarse mayor finura anal�tica. Bien mirado, ni siquiera est� claro lo que se denuncia: la derecha ser� fascista (lo que implica un paternalismo asociado a un Estado fuerte) o neoliberal (dedicada al adelgazamiento del sector p�blico), pero no las dos cosas a la vez. Y como la mayor�a de los votantes sabe que no es ninguna de ellas, porque Moreno ha gobernado la regi�n durante siete a�os sin que haya cerrado ning�n hospital ni se persiga a las minor�as, ha votado en consecuencia. O casi. Si bien los partidos de la derecha han obtenido m�s votos que nunca y gozan de una mayor�a holgada sobre el bloque de izquierdas, el resultado est� lejos de haber cumplido con las expectativas que el PP andaluz hab�a alimentado durante las �ltimas semanas. Y no digamos ya en ese final de campa�a en el que Moreno se permiti� salir entonando una rid�cula canci�n sobre el orgullo de ser andaluces: como si las reservas identitarias aligerasen por s� solas las listas de espera de los hospitales o incrementasen la productividad. De ah� que un resultado objetivamente estimable tras haber permanecido siete a�os en el poder provoque un indisimulable descontento: la estrategia presidencialista de Moreno, consistente en situarse por encima de las siglas como orgulloso tutor de los andaluces, ha funcionado a medias. Es verdad que su partido se ha dejado menos de dos puntos, evitando as� buena parte del desgaste que suele acompa�ar el ejercicio prolongado del poder; desde ese punto de vista, el PP andaluz puede darse por satisfecho. Sin embargo, poco desgaste puede sufrir quien ha renunciado a gobernar en sentido fuerte, olvidando as� por el camino la historia de su propio �xito: Moreno lleg� al Gobierno hace siete a�os, en plena crecida de Cs, con el peor resultado hist�rico del PP regional; necesit� el apoyo de Vox para montar un Gobierno de coalici�n con los liberales. Sucede que el impulso reformista de aquel Gobierno se agot� con la salida de los consejeros de Cs que sigui� a la debacle global del partido naranja; Moreno dio entonces por buena la idea de que los andaluces se contentar�an con una versi�n centrista del andalucismo y aceptar�an resignadamente un estancamiento econ�mico relativo que sigue postergando el sue�o de la convergencia con las regiones m�s ricas. Era un postulado razonable: el PSOE sobrevivi� muchos a�os a su propio conformismo y el PP ha vuelto a ganar sobradamente las elecciones. Pero los conservadores se han dejado tres importantes puntos en la provincia de M�laga, que fue basti�n de Cs y lo es del PP, hasta el punto de que Moreno encabezaba all� la lista de su partido; parece que algunos votantes no olvidan las promesas incumplidas –se iba a desmantelar la administraci�n paralela creada por los socialistas– y demandan un mayor dinamismo econ�mico. Hay que preguntarse tambi�n si el leve descenso del PP tiene algo que ver con un �nfasis andalucista que una parte del electorado siente como ajeno. El l�der malague�o ha multiplicado su presencia en procesiones y romer�as, apelando sin descanso a un orgullo regional que por momentos recordaba a un anuncio estival de cervezas. Y desde luego que hay demanda de identidad, como muestra el �xito de Adelante Andaluc�a. Pero el andalucismo oficial tiene un fuerte sesgo occidental: Adelante Andaluc�a no ha obtenido un solo esca�o en Almer�a y ha sido, por contraste, tercera fuerza en Sevilla y C�diz. En lugar de orientalizar la Junta, pues, Moreno ha occidentalizado su imagen. Y si bien lo ha hecho con la l�gica intenci�n de consolidar su hegemon�a pol�tica en el valle del Guadalquivir, el resultado ha sido una cierta p�rdida de fuelle all� donde el andalucismo tiene menor raigambre hist�rica. Adem�s, le ha salido competencia: el regionalismo de izquierdas –Adelante Andaluc�a– ha sido determinante para privar al PP, Alvise y Ley D’Hont mediante, de la mayor�a absoluta. Es cierto: la inteligente campa�a de Jos� Ignacio Garc�a ha resaltado las dificultades materiales de los ciudadanos andaluces y logrado as� conectar con una parte del electorado. Pero su excelente resultado debe mucho a la distancia de su partido con el sanchismo (lastre insuperable para los de Ma�llo) y a su filiaci�n andalucista: pese a que no existe como tal una �generaci�n mollete�, t�tulo del libro de Jes�s Jurado, hay un electorado de izquierda que se repliega en el particularismo a la vista de las consecuencias negativas que la globalizaci�n –incluido ese turismo sin el que ser�amos pobres– tiene sobre sus vidas. Si bien se mira, es un signo m�s de la catalanizaci�n de la izquierda espa�ola: incluso las demandas m�s universalistas –sanidad, vivienda, educaci�n– vienen ahora envueltas en el celof�n de la identidad. Y aunque podr�a pensarse que la propia estructura del sistema auton�mico conduce de manera inevitable en esa direcci�n, en la federal Alemania no pasa lo mismo: esta balcanizaci�n es muy nuestra. Que la notable victoria del PP tenga un extra�o sabor a derrota se debe asimismo a que las circunstancias eran extra�amente favorables a los populares: en la legislatura de la amnist�a, el PSOE presentaba como candidata a la ministra de Hacienda que ha negociado la reforma del sistema de financiaci�n auton�mico que enriquecer� a Catalu�a y empobrecer� a Andaluc�a. Si la debilidad de los servicios p�blicos inquieta a los ciudadanos, al fin y al cabo, m�s peligro tiene el cupo catal�n que un Gobierno de la derecha: aunque el votante mediano sea incapaz de entender los entresijos de la financiaci�n auton�mica, no hace falta ser licenciado en ciencias actuariales para percatarse de que la satisfacci�n de Junqueras tiene gato encerrado. Bajo semejantes condiciones, las encuestas suger�an que los antifascistas meridionales –andaluces dispuestos a aceptar una Espa�a de dos velocidades con tal de que la derecha no llegue al poder– ver�an menguadas sus filas. No ha sido el caso: aunque el PSOE obtiene su peor resultado hist�rico y solo gana en Puerto Real, donde viven 42.000 personas, apenas ha cedido un punto y medio en estos cuatro a�os; otra vez las expectativas. Puede as� concluirse que el rendimiento de los socialistas andaluces es una p�sima noticia para el partido y una buena noticia para S�nchez: �Frankenstein vive! Ya que nadie puede saber si los andaluces que han rehusado apoyar al PSOE regional volver�n a movilizarse por S�nchez cuando llegue el momento, pero a la vista de los precedentes ser�a imprudente descartarlo. �Y ahora? La tesis seg�n la cual Moreno era capaz de neutralizar a Vox ha quedado parcialmente desmentida: el partido comandado por Manuel Gavira se queda como estaba –bien pueden celebrarlo visto el destino com�n de los partidos de la nueva pol�tica–, pero gana un esca�o, convirti�ndose as� en determinante para la investidura del l�der popular. No hace falta recordar que el PSOE podr�a evitarlo; huelga a�adir que jam�s se ha planteado hacerlo. Y como la repetici�n electoral acarrea demasiados riesgos, salvo que a Vox se le vaya la mano con sus exigencias, Moreno habr� de llegar a alg�n tipo de acuerdo con una formaci�n que –para felicidad de S�nchez– se niega a desaparecer. Consolidaci�n del bibloquismo: he ah� la constataci�n que nos dejan unas elecciones que consolidan el liderazgo de Feij�o y dejan con vida al imperturbable S�nchez, pese al fracaso incontestable de su candidata en una comunidad donde su partido lo fue todo y ahora ya no es casi nada.Manuel Arias Maldonado es catedr�tico de Ciencia Pol�tica de la Universidad de M�laga. Su �ltimo libro es La pulsi�n nacionalista (Debate, 2025)
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