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De mis notasEs una epidemia mundial que nos hace estar ausentes y cautivos de la pantalla.

Quizás fue la imagen de miles de personas viajando en el metro de Guangzhou. Vagones repletos, una mano agarrada del riel y la otra sosteniendo el celular. Miradas fijas en la pantalla, cerradas al entorno, con apenas un atisbo ocasional para verificar la estación. Tal vez fue ver la misma escena repetida en cenas, entrevistas, vuelos y, de regreso a Guatemala, hasta en elevadores. O tal vez fue descubrirme sacando el teléfono de manera automática, para llenar ese vacío de ansiedad conectándome a la matrix.

Desde aquel viaje he estado más consciente de este fenómeno. Nosotros, los baby boomers, crecimos de otra manera. Hubo juegos de calle, amigos de barrio, conversaciones cara a cara, tardes de chamuscas y una comunicación directa. La primera pantalla importante fue el cine, un centro social y lugar de encuentro, amistad y romance. Después llegó la televisión, todavía con horario, sala común y límites. Nadie habría imaginado tener en la mano un aparato capaz de absorberlo todo.