Ya sea a raíz de una ruptura sentimental, un revés laboral, la crisis de la vivienda o por la necesidad de ejercer como cuidadores, el retorno de un hijo adulto al hogar familiar puede ser un fenómeno común, pero emocionalmente nunca se trata de una mudanza más, sino que conlleva una gran transformación de la convivencia.

“La casa que se reactiva una vez que los hijos vuelven no es la misma de antes, ya que los padres han construido una vida sin esa presencia diaria y el hijo ha desarrollado una identidad adulta fuera”, establece la psicóloga sanitaria María Bernardo, con experiencia en terapia familiar. Para ella, una situación de este tipo “supone siempre una reorganización del sistema, no una vuelta atrás”, ya que “se trata de un escenario nuevo en un espacio antiguo”, asegura.

El peso de la memoria relacional

Volver al dormitorio en el que transcurrió la infancia puede activar por inercia patrones que se creían superados. Bernardo lo define como un efecto de la memoria relacional: “Los hogares funcionan como contextos emocionales muy potentes. Elementos tan simples como una mesa, una habitación o un gesto cotidiano son capaces de reactivar roles: los padres tienden a cuidar más de lo necesario y el hijo, sin darse cuenta, responde desde su versión adolescente”.