Emilio Pradilla CobosLa violencia se ha adueñado de los campos y ciudades de América Latina. Está en todos los rincones de la vida social. En las calles y las unidades del transporte público los ladrones ocasionales asaltan a los citadinos, para sobrevivir con lo robado ante el desempleo creciente. Las calles se llenan de “informales” sin locales, servicios ni prestaciones sociales, ni vacaciones, ni jubilación, pues cerca de la mitad de la población económicamente activa (PEA) de la región, en promedio, carece de empleo y debe buscar el sustento familiar en estas actividades, en cuyas concentraciones —plazas, corredores, mítines, etc.,— se mueven los ladronzuelos como en su casa. Pero estadísticamente, el crimen organizado forma parte de la masa de “informales”, que ningún gobierno reduce realmente, al no incluirlos en sus políticas de empleo realmente aplicadas. Los negocios agrícolas, mineros, comerciales o de servicios son extorsionados por bandas que les venden protección ante los asaltos de otros, o, “preventivamente”, de ellos mismos; y los propietarios transmiten este cobro a sus clientes, afectando en particular a los de bajos ingresos. Las bandas armadas, que controlan parte del territorio urbano o rural, cobran impuestos sobre los productos agropecuarios, que se transfieren a nuestras compras. Hay zonas enteras de nuestros países —las más visitadas antes— que están hoy fuera de los ámbitos que frecuentamos en el turismo, porque son “muy violentas”; pero seguimos promoviéndolo porque en él obtienen grandes ganancias las empresas trasnacionales. Los cárteles del crimen se nutren de jóvenes por la fuerza o por el convencimiento; y las estadísticas se llenan de cifras —negadas por los gobiernos— de desaparecidos y de cadáveres desconocidos en fosas ilegales que solo los familiares buscan y, lamentablemente encuentran, pero que se mantienen en el anonimato al saturar los depósitos. Muchos políticos y gobernantes, de abajo hasta arriba, están comprometidos con la corrupción y la violencia por las ventajas de pertenecer o por los riesgos de no aceptarlo. Nadie los denuncia para no destapar la cañería. Los países hegemónicos, los “modelos”, imponen por la violencia de la política y las fuerzas armadas sus decisiones a los países que quieren mantener bajo su órbita de decisiones y a quienes imponen lo “bueno” y lo “malo” según su moral, sus sistemas económicos y políticos, sin que nadie los eligiera para ello. Aunque la violencia es desigual, está presente en todos los países, en las ciudades, en los campos, en todas partes. La violencia es un componente estructural de nuestra vida; y nuestro sistema económico y político está orientado por la obtención de ganancias, como todas las formas del crimen. Los sectores populares no involucrados con ella —la gran mayoría—, que carecen de los medios para enfrentarla y protegerse de ella, son las víctimas de esta violencia de la que pocos se ocupan, a los que nadie protege; y si lo hacen ellos mismos, afectan al uso exclusivo y legítimo de la fuerza que tiene el Estado. ¿Pueden combatirla los gobernantes y los políticos involucrados con ella? Integrante de Por México Hoy Únete a nuestro canal
La violencia y los sectores populares, escribe Emilio Pradilla Cobos
Los sectores populares no involucrados con ella -la gran mayoría-, son las víctimas de esta violencia de la que pocos se ocupan”









